El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Bibliofilia y Bibliofobia

Encuadernacion de Sangorski & Sutcliffe


BIBLIOFILIA


Si nos aguarda alguna inmortalidad personal, espero que para cada uno de nosotros el cielo se adapte a los deseos de nuestro corazón, y el mío contiene amplias y ventiladas salas con innumerables libros, infinidad de bibliotecas para poder leer, leer, leer por una eternidad, sin sentirme acuciado por el tiempo.
William A. Gerhardi:  “The Man Who Came Back" (1931)

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 La gente dice que lo importante es vivir, pero yo prefiero leer [Peple say that life is the thing, but I prefer reading.]
Logan Pearsall Smith: "Ocurrencias a destiempo" (1931)

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Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.

Jorge Luis Borges: "Un lector" (1969)

* * * 
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.

Jorge Luis Borges: "Poema de los dones" (1960)

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Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad.
Gabriel Zaid: Los demasiados libros (2010)



BIBLIOFOBIA


Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio.
Platón: Fedro, 274d-275a
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Escribir libros es una tarea sin fin y el demasiado estudio fatiga al hombre. Basta de palabras. Todo está escrito.
Eclesiastés, XII, 12.
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Se invierte más trabajo en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto. No hacemos sino glosarnos los unos a los otros. Por todas partes proliferan los comentarios; de autores, hay gran escasez.
Michel de Montaigne: "De la experiencia" (1588)

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La mayor parte de los libros nunca se comentan, nunca se traducen, nunca se reeditan (...). Pero tú sigues escribiendo libros.
Gabriel Zaid: Los demasiados libros (2010).

Ilustración de Grandville

sábado, 22 de diciembre de 2012

El calendario cósmico

Según Carl Sagan, si adaptásemos todos los sucesos que conocemos desde el primero ocurrido en el cosmos, el Big Bang (hace unos 15.000 millones de años) a un periodo de tiempo más manejable por nosotros, digamos un año, el calendario cósmico de lo acaecido presentaría un aspecto peculiar, con grandes vacíos al principio y tremendamente concentrado al final. En efecto, si la gran explosión o Big Bang hubiera ocurrido el 1 de enero, la Vía Láctea, nuestra galaxia, no habría aparecido en este calendario cósmico hasta el 1 de mayo, y el Sistema Solar tendría que esperar al 9 de septiembre, mientras que la Tierra no empezaría a formarse hasta el 14 de septiembre, y la vida en ella aparecería "sólo" once días después, el 25 de septiembre. Sin embargo, los dinosaurios tardarían todavía bastante, habría que esperar a la Nochebuena, y cuatro días después ya se habrían extinguido. Los primeros mamíferon también harían su aparición por entonces, el día 26, y los primates el 29 de diciembre. Nuestra especie, el homo sapiens, entraría en escena justo a las 22:30h de la Nochevieja, y toda la historia humana se resumiría en los diez últimos segundos del año, por ejemplo, el tiempo transcurrido desde el fin del Medievo hasta la actualidad ocuparía... poco más de un segundo.


Referencias
Carl Sagan: "El calendario cósmico", en El dragón del Edén. Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana. Barcelona: Planeta, 2003, págs. 21-24.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Argumentum ornithologicum

   Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.

Jorge Luis Borges (1960): El Hacedor. Madrid: Alianza, 1980, pág. 27.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Stoner

   Es una de las novelas más nihilistas que pueden encontrarse:

"Hallaba un gusto siniestro e irónico en la posibilidad de que, con la poca formación que se había procurado, se las había arreglado para llegar a una certeza: que a la larga todas las cosas, incluso el conocimiento que le permitía saber esto, eran fútiles y vacías y que al final empequeñecían hasta convertirse en una nada donde ya no cambiaban." (pág. 158).

   En la vida del profesor Stoner no encontraremos grandes sucesos, otra cosa sería difícil de creer en un adusto profesor universitario de Literatura en una universidad de provincias. Sin embargo, como en toda novela que se precie (y ésta es excelente), también hay una descripción ingenua y poderosa de lo que en ocasiones hace más digna a la vida, y del especial conocimiento que trae consigo:

"Como todos los amantes hablaban mucho de sí mismos, como si por ello pudieran comprende el mundo que los hacía posibles" (pág. 173).

"Habían sido criados en una tradición que les decía, de una manera u otra, que la vida mental y la vida de los sentidos eran distintas y de hecho contrapuestas. Habían creído, sin ni siquiera haberlo meditado realmente, que una tenía que ser elegida a expensas de la otra. Nunca se les había ocurrido que una pudiera dar intensidad a la otra." (pág. 175).

John Williams: Stoner. Tenerife: Baile del Sol, 2012.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Insight

    La inteligencia no siempre ha de ser consciente para llegar a buenas soluciones. Hay ciertas situaciones cotidianas que demandan una respuesta peculiar, casos en que nuestro cuerpo se interpone y apropia de la solución sin tener que concluir nada (y justo por ello da con la mejor solución posible, la más ajustada a lo que necesitábamos), por ejemplo en situaciones de peligro; por otro lado los músicos aprenden mejor a interpretar un instrumento dejando el pensamiento en un segundo plano.
   Los estudios del psicólogo de la Gestalt Wolfgang Koehler (1887-1967) han demostrado en el chimpancé una capacidad anticipatoria que le permite considerar la rama y las cajas funcionalmente, como elementos de la solución al problema planteado por unos plátanos inalcanzables por estar colgados en alto. Ese momento del “¡ajá!” (Aha Erlebnis) en que el chimpancé relaciona en un solo golpe de vista las cajas, palos y plátanos y que anticipa la acción final denota una inteligencia práctica y concreta que se conoce como insight, “comprensión súbita” o “perspicacia”, y se sitúa en un lugar privilegiado en la cadena de errores, pausas, percepción, descubrimiento y acción que termina dando solución al problema planteado. El insight tiene una base práctica, corporal y perceptiva.
   Esta inteligencia concreta o habilidad práctica que encontramos en los chimpacés se diría que queda muy por debajo de la claridad intelectual de que hace gala, por ejemplo, la deducción matemática. Sin embargo, marcando las diferencias se olvida el parentesco, ya que los geómetras examinan las figuras y los problemas sirviéndose también de ensayos previos
a la enunciación de sus leyes. Incluso para los problemas concretos, como hallar el área de una figura, no basta con la definición, sino que ésta ha de ser indagada mediante construcción, de modo que las ideas han tenido que formarse a partir de las operaciones con las formas en la imaginación o en el papel, lo que de algún modo perdurará en y tal vez sostenga los trabajos posteriores.
   Max Wertheimer (1880-1943) propone multitud de ejemplos encaminados a demostrar su concepción estructural-gestaltista de la inteligencia, por ejemplo en su obra El pensamiento productivo (1945), donde muestra que en la inteligencia productiva suele haber un trabajo de interpretación de la totalidad de los elementos dados, a fin de dar solución a un problema desde un ángulo inédito. Esta reordenación de la estructura en que se insertan los elementos del problema se basa en la percepción y es la base de la comprensión inventiva, del insight. Cuando el pequeño Gauss, a los seis años, resuelve en un instante el ejercicio planteado por el profesor que pregunta cuánto suman los primeros diez números naturales, lo hace reconfigurando de hecho las posibilidades combinatorias de la secuencia hasta llegar a un teorema general, el que enuncia que en toda secuencia n de números naturales, su suma es igual a (n+1) n/2. El fruto del razonamiento, que ha sido repentino, no debe ocultar qué es lo que ha sucedido desde que se plantea el problema hasta que Gauss ofrece una solución. Primero, explica Wertheimer, tuvo que ver de otro modo la secuencia de números del 1 al 10, reordenándola por parejas que
Max Wertheimer
daban la misma suma, 1+10, 2+9, 3+8, etc.; después hubo de concluir que el total de las parejas de una secuencia que va de 1 a n será la mitad de n, y que el resultado de cada pareja es siempre n+1, para pasar a concluir, finalmente, que la suma de los números que integran la secuencia que acaba en n ha de ser (n+1)  n/2.
   Este modo de operar no es exclusivo de las operaciones formales: el insight entendido como habilidad para captar una situación de manera nueva es desplegado en muchas ocasiones concretas de la vida cotidiana. En otro ejemplo que propone Wertheimer describe a dos niños jugando al badminton, uno tiene 12 años y otro 10. Durante varios sets, el pequeño siempre pierde ante la mayor habilidad del mayor y termina arrojando su raqueta y negándose a jugar. Al principio, el mayor le reprocha al pequeño que abandone y “estropee” la diversión; pero al cabo de un rato y ante la situación creada, reacciona de modo distinto, se disculpa ante el pequeño y reconoce que “jugar así es una estupidez” (aludiendo a que en todo juego es necesaria la reciprocidad), de modo que propone un nuevo juego, consistente en pasársela mutuamente y ver cuánto aguantan con la pelota en el aire, de este modo el pequeño se reincorpora al juego y progresivamente van mejorando mutuamente su técnica. Este niño también reestructuró los elementos de la situación de una manera profunda, y llegó más allá de la puntual solución a un problema en el juego concreto del badminton, alcanzando una solución moral.

Referencias:


Wolfgang Köhler: Experimentos sobre la inteligencia de los chimpancés. Madrid: Debate, 1999.
Max Wertheimer: El pensamiento productivo. Barcelona: Paidós, 1991.

Ampliaciones:



sábado, 24 de noviembre de 2012

Una ambigüedad desvelada

    Fue un estudiante de literatura, William Empson (Siete Clases de Ambigüedad, 1930), quien por primera vez planteó el análisis ordenado de la ambigüedad en la literatura. La ambigüedad es el magma del lenguaje metafórico quien por su parte se opone al lenguaje científico, construido necesariamente sobre leyes lógicas y fiel al principio de no-contradicción. Tal y como las paradojas en el terreno de las ideas, la ambigüedad introduce la confluencia de varios sentidos o interpretaciones sobre un mismo texto o situación. La Filosofía se ha enfrentado casi desde el principio a paradojas como la del cretense o las de Zenón de Elea; las paradojas eran consideradas armas de sofistas y escépticos, y se las combatía confrontándolas con los principios básicos de la lógica. Sin embargo, la ambigüedad es un camino practicado por la ironía socrática, el ingenio cervantino, los deslices de sentido, chistes y juegos de palabras de Lewis Carroll, Franz Kafka o Henry James, quien es famoso por sus reticencias a decir con claridad lo que no quiere decir sino ambiguamente. Un ejemplo supremo de ambigüedad encontramos en Otra vuelta de tuerca (1898), su más famoso relato de fantasmas (esos seres tan claramente ambiguos), en el que nos deja aposta con la duda sobre si los niños pervierten o son pervertidos, si los fantasmas se presentan a los ojos de los niños o de la institutriz. En el inigualable desenlace de la novela deja descansar todo el peso de la ambigüedad en la siguiente escena (destacamos con negrita el momento cumbre):

“It’s he?”
I was so determined to have all my proof that I flashed into ice to challenge him. “Whom do you mean by ‘he’?”
“Peter Quint —you devil!” His face gave again, round the room, its convulsed supplication. “Where?”

Ilustración de Miguel Navia
   Se trata de un “diálogo” que podría no ser tal. ¿Responde el niño Miles a la pregunta de la institutriz o reconoce con una exclamación al espectro que acaba de aparecer? La ambigüedad es aún mayor porque “devil” no tiene género en inglés, por lo que su introducción deja todas las puertas abiertas, ¿se refiere llamándola “diablesa” a la institutriz, o al fantasma de Peter Quint tildándolo de “demonio”? He aquí el motivo por el que esta escena nunca podría adaptarse al cine sin tomar partido, ya que si se muestra la imagen de Quint, ya sea de manera objetiva o subjetiva, se estará esclareciendo lo que el autor no quiso dejar claro.

   Ahora analicemos algunas traducciones al español de la frase en negrita, porque las hay de todo tipo: dos son perfectas, porque mantienen la ambigüedad recurriendo a un término masculino aunque en sentido genérico:
       “— ¡Peter Quint! ¡Ah, demonio!” (José Bianco).
       “— ¡Peter Quint…, demonio!” (Soledad Silió).

   Una edición crítica aclara en nota que existe esa ambigüedad, pero su versión no resulta satisfactoria:
       “— ¡A Peter Quint… especie de demonio!” (Juan Antonio Molina Foix).

   La mayoría incurren en interpretación:
       “— ¡A Peter Quint…, diablesa!” (Domingo Santos).
       “— ¡A Peter Quint…, malvada!” (José María Aroca).
       “— ¡A Peter Quint…, malvada! (Sergio Pitol).
       “— ¡A Peter Quint, malvada! (Antoni Desmonts).
       “— ¡A Peter Quint, demonio de mujer!” (José Luis López Muñoz).

   Por último, hay que estar prevenidos contra la más leída por incluirse en una colección juvenil (Anaya / Tus Libros) que nutre a los institutos y ante la que sobran los comentarios:
       —“¿Quién va a ser? —exclamó el muchacho—. ¡Peter Quint! ¡Peter Quint!” (Ramón Buckley).