El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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viernes, 30 de diciembre de 2011

Puntualidad de los filósofos

   Hacía que su criado Lampe lo despertara a las cinco menos cuarto y trabajaba hasta las ocho menos tres. A las ocho menos dos, se ponía su tricornio. un minuto más tarde, se ceñía la espada y, a las ocho en punto, entraba por la puerta de su clase. Sus paseos tenían la misma rígida regularidad. Las amas de casa ajustaban a su paso los preparativos de cocina, razón por la cual el día de 1789 en que, impaciente por conocer las noticas de París, Kant salió más pronto que de costumbre al encuentro de la diligencia que traía las gacetas, el pan quedó demasiado cocido, los asados se quemaron y estallaron a su paso peleas domésticas.

Pierre Bergounioux: Una habitación en Holanda. Barcelona: Minúscula, 2011, pp. 49-50.

Pierre Bergounioux (1949)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Otra Tierra

   El mismo día que se puede al fin ver desde la Tierra un duplicado de nuestro planeta en el cielo, la joven Rhoda circula en coche tan feliz como despreocupada. La han aceptado en el prestigioso MIT, su pasión por la Astrofísica y por el universo es genuina, va escuchando la radio que especula sobre el fenómeno de la Tierra 2, ella intenta ver ese planeta desde su coche y unos metros más allá una familia se detiene en un cruce, bromean y juegan, el padre, la madre embarazada, el niño pequeño, también están contentos. Hasta que el coche de Rhoda se estrella contra ellos. Lo que sigue a partir de aquí es un melancólico desarrollo de la tragedia: la chica sale de la cárcel, el padre (único superviviente de su familia) sale del coma, la Tierra 2 está cada vez más cerca y una empresa propone un concurso para regalar una plaza en el inminente primer viaje de contacto.
   En esta película abundan las epifanías, los descubrimientos sobre uno mismo y sobre el mundo. Suele llamarse así a los desocultamientos súbitos de algo que aun estando ahí no terminábamos de ver, como el significado de un sueño, la solución de un problema, la revelación de un orden dentro del desorden.
   A pesar de sus pocos años y del enorme sentimiento de culpa, el personaje de Rhoda nos regala un buen número de epifanías en esta película, ya sea con su forma de mirar a la cámara o por su manera de aliviar la destrozada vida de los adultos que la rodean. Ella, que sólo quiere desaparecer en el espacio, sabe cuál es en realidad el secreto de la felicidad, y así nos lo cuenta:

"¿Conoces la historia del astronauta ruso? El primer hombre que fue al espacio. Los rusos le ganaron a los norteamericanos. Él va en una gran nave espacial, pero la única parte habitable es muy pequeña, así que el astronauta está ahí dentro, con una pequeña escotilla por la que ve la curvatura de la Tierra por primera vez. Es el primer hombre en ver el planeta desde el espacio. Está absorto en ese momento; pero de repente un extraño sonido comienza a salir del panel de mando, un persistente tic-tac. Maldice el panel de control y saca sus herramientas para tratar de eliminar el ruido. No lo consigue. No puede detenerlo y decide ignorarlo. A las pocas horas lo percibe ya como una auténtica tortura. Pasan los días. Él sabe que este pequeño sonido terminará enloqueciéndolo. ¿Pero qué puede hacer? Está solo allí arriba, en un armario espacial, y le quedan veinticinco días más con ese ruido... Decide que para salvar su cordura tendrá que enamorarse de él. Cierra los ojos tratando de imaginárselo... Y luego los abre. Ya no escucha un molesto tic-tac. Está escuchando música."

2011
Dirigida por Mike Cahill

El viejo y la muerte

   Un viejo, habiendo cierto día cortado una porción de leña, la llevaba a una gran distancia. Fatigado por el peso la descargó y llamó a la muerte. La muerte apareció por fin y le preguntó el motivo de llamarla, y el viejo respondió horrorizado: para que me ayudes a levantar la carga.
Esopo (ca. 600 a. C.) 

Esopo (Molde en el Museo Pushkin del original
procedente de la colección de arte de Villa Albani, Roma)

El filósofo fabulador

  Las formas breves del ensayo en el siglo XX están ligadas a la literaturización de la filosofía y a su renuncia de sistema. Hay muchos ejemplos, y uno de ellos es la obra de Hans Blumenberg (1920-1996), que a simple vista parece emparentada con, digamos, los Minima moralia (1951) de Adorno, al menos si tenemos a la vista obras como La inquietud que atraviesa el río (1987) o Conceptos en historias (1998); pero Adorno confiesa acogerse a la forma del aforismo para dar expresión a la idea de un modo intuitivo; Blumenberg escribe sus pequeños ensayos basándose en anécdotas culturales, sus reflexiones rara vez llegan a conclusiones firmes. Más que con Adorno parece seguir el camino de Sócrates, de Walter Benjamin y sus libros de mezcolanzas, o de Canetti y sus apuntes. Pero si el propio Blumenberg tuviera que justificar con un antecedente su forma de escribir breves ensayos, elegiría a Esopo, un Esopo sin moralejas, que renuncia a encauzar las conclusiones del lector y deja flotando las muchas sugerencias que cualquiera de sus historias son capaces de transmitir. Ahora bien, Blumenberg no es un literato, sino un filósofo…
   Jürgen Habermas se plantea este problema en su ensayo “¿Filosofía y ciencia como literatura?” (1988), cuando comenta sobre uno de los libros arriba mencionados de Blumenberg si cabe establecer una rotunda liquidación de géneros como la que se plantea en los periódicos equiparando los ensayos de su colega y los cuentos de Borges. Con su falta de estilo habitual, Habermas nos recuerda que tanto la ciencia como la literatura dependen del lenguaje, y por tanto de una realidad que no podrían establecer como novedad absoluta. Como es sabido, Habermas se basa en esta premisa para aducir las pretensiones de verdad intrínsecas al uso del lenguaje, que en el caso de la filosofía además se acompaña de una pretensión de verdad que incluso en los textos de Blumenberg ejercería, en su opinión, como hilo conductor.
   Sin embargo, el paralelismo con Esopo sugiere que la pretensión de verdad en Blumenberg no es la de Habermas. La novedad en la forma de Blumenberg frente a la intención de Adorno al escribir aforismos intuitivos (que sí estaría en la línea de Habermas) es que Blumenberg ejerce su derecho a la indeterminación, tal y como las fábulas de Esopo nos dejan “meditabundos”, “pensativos”, con tal de que no nos impongan una moraleja. Esta indeterminación del pensamiento, acorde con la literaturización de la filosofía, no se puede liquidar con el amuleto de un lenguaje con estructuras trascendentales, ya que el equilibrio del lenguaje es como el de ese barco que según Blumenberg se va recomponiendo en alta mar con los materiales que dejan sus sucesivos naufragios, sus bases están en movimiento, y hemos perdido la memoria del origen, y nadie sabe hacia dónde nos dirigimos.
Esopo (ca. 600 a. C.). Retrato hipotético
  En un congreso, Odo Marquard le preguntó a Blumenberg si le molestaba que se redujese su filosofía a dos ideas básicas: la finitud del hombre con su contrapartida, el carácter insoportable de cualquier absoluto; y la de que ser hombre significa “descargarse de los absolutos”. Con elegancia, replicó: “Lo que me molesta es que sea tan fácil verlo”. César G. Cantón: “La metaforología como laboratorio antropológico”, en Hans Blumenberg: Conceptos en historias. Madrid: Síntesis, 2003, p. 18, n. 32.

  Sobre Esopo y la filosofía, puede leerse el discurso de agradecimiento por parte de Blumenberg tras el Premio Freud en 1980, titulado Nachdenklichkeit. Hay traducción italiana: Pensosità.

martes, 6 de diciembre de 2011

Efectos secundarios de la demanda de sentido

   Quizá no debiéramos cultivar sólo la rabia por la insensatez, el absurdo del mundo, sino también un poco de temor a la posibilidad de que un día pueda estar lleno de sentido. Si la sentencia más antigua que subsiste de la historia temprana de la filosofía en Grecia —el fragmento de Anaximandro de Samos, de mediados del siglo VI— afirma que las cosas han de pagar unas a otras por la injusticia según el orden del tiempo, quizá debamos celebrar que no se nos haya transmitido más que esto; el resto habría podido decir algo sobre los motivos de juicio y sobre los indicios de un tal dominio del sentido sobre el mundo.
Hans Blumenberg (1987): La inquietud que atraviesa el río. Barcelona: Península, 2001, p. 66.

Hans Blumenberg (1920-1996)

Jinetes divinos

Jenófanes de Colofón (ca. 580/570 - 475/466 a. C.)
   Visiblemente molesto con la concepción homerica de los dioses, retratados a imagen y semejanza de los hombres, con sus riñas, caprichos y continuas persecuciones sexuales, Jenófanes de Colofón expone la crítica de las críticas para tanto antropomorfismo en materia teológica, primero haciendo constar cómo las distintas razas se figuran a los dioses a su imagen y semejanza (los etíopes se los imaginan negros, de nariz chata; los tracios con los ojos azules y pelirrojos), y después extrapolando que si bueyes, caballos y leones pudieran representar a los dioses, a no dudarlo, los caballos los pintarían con forma de caballo y los leones como leones.



   Pasados los siglos, el cuentista Augusto Monterroso se inspira en Jenófanes, pero lo corrige.

Caballo imaginando a Dios
   A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.
   Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.
Augusto Monterroso (1969)
Augusto Monterroso (1921-2003)

domingo, 4 de diciembre de 2011

Los sentimientos y la moral del autómata

Robots PLEO
Hasta que una máquina no pueda escribir un soneto o componer un concierto por tener la capacidad de pensar y sentir, y no por la combinación aleatoria de símbolos, no podremos admitir que esa máquina sea igual al cerebro, en el sentido de que no sólo los escriba, sino que sepa que los ha escrito. Ningún mecanismo (y no hablo de una señal artificial, invención simplona) puede sentir placer por sus logros, pena cuando se funden sus válvulas, regocijo por los halagos, depresión por sus errores, atracción sexual, enfado o decepción cuando no consigue lo que quiere.
Geoffrey Jefferson (1949): “La mente del hombre mecánico”

  
Fotograma de la película Robot & Frank (2012)

Si los fabricantes tienen razón en sus afirmaciones más radicales, es decir, que su aparato es un ser pensante, sintiente, sensible, comprensivo, consciente, entonces nuestra compra del aparato nos implicará en responsabilidades morales (…). Sería censurable el simple hecho de poner en marcha el ordenador para satisfacer nuestras necesidades sin tener en cuenta su propia sensibilidad. Eso no sería distinto de maltratar a un esclavo. En general, tendríamos que evitar causarle al ordenador el dolor que los fabricantes alegan que es capaz de sentir. Desconectarlo, o quizás incluso venderlo cuando había llegado a sentirse muy unido a nosotros, nos plantearía problemas morales. 
Roger Penrose (1989): La nueva mente del emperador, cap. 1

Empédocles de Agrigento

   Cuesta un poco conciliar la imagen de un filósofo como Empédocles, defensor de teorías naturalistas, con su larga leyenda de proezas y milagros.
   Empédocles es un filósofo del siglo V a. C. y, como Pitágoras, a cuya figura está ligado en muchos aspectos, concilia rasgos de filósofo, predicador y político al mismo tiempo. La tradición, en gran parte basada en los testimonio del propio Empédocles, nos lo presenta capaz de modificar el tiempo atmosférico y deteniendo los vientos con su magia; también devolvió al parecer la vida a una mujer que ya no respiraba, aunque esto último pudo deberse a sus conocimientos médicos, al igual que el coto que supo poner a la epidemia de malaria en Selinonte, acontecimiento que después fue recordado en las monedas que se acuñaron en esta ciudad. Se dice que se consideró a sí mismo un dios; pero esto debe ser matizado, pues la creencia órfica que profesa enseña que el proceso de purificación de las reencarnaciones concluye con un viaje al otro mundo en forma de ser divino, después de muerto, así que no se consideraría dios en vida, pero sí candidato a la divinidad tras la muerte. De esto arranca tal vez la leyenda según la cual fue arrebatado a los cielos; o esa otra, más famosa, que afirma que se arrojó al Etna (al parecer se encontró una de sus sandalias de bronce en el cráter del volcán), aunque esto, como aduce Bertrand Russell parece increíble, ya que “ningún político que se tenga en algo se arroja nunca a un volcán”.
   Para los ojos actuales, sus teoría naturales parecen extravagantes fantasias. Por ejemplo, su idea de la evolución, con la que defiende la formación de los organismos a partir de miembros disyectos: “Brotaron sobre la tierra numerosas cabezas sin cuello, erraban brazos sueltos faltos de hombro y vagaban ojos sueltos, sin frente” (Fr. 57), o como dice bellamente en otro fragmento: “Los miembros solitarios andaban errantes en busca de la unión” (Fr. 58). Este preámbulo a la visión aristofánico-platónica del Amor, que lleva a los seres divididos del andrógino a buscarse desesperadamente, ha de unirse a la creencia de que el Amor y el Odio actúan sobre las bases (principios) materiales o cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) para unir y separar a la Naturaleza. En el camino evolutivo, que consta de cuatro estadios, las primeras generaciones de animales y plantas no estuvieron bien terminadas y constaban por tanto de miembros separados; la segunda generación dio lugar a toda una serie de seres fantásticos. El tercer estadio es el de las formas completamente naturales sin distinción de sexos, y preludia el estado actual.
   Se diría que toda esa tradición de bestiarios y compendios de seres y animales fantásticos tienen a Empédocles como un precedente involuntario. Por otro lado, encontramos en este autor nada menos que una teoría de la evolución natural, aunque sea disparatada.
Empédocles de Agrigento (ca. 495-435 a.C.)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Peter Singer y la revolución vegetariana

   Leemos en la contraportada de Somos lo que comemos que según The New York Times "no hay otro filósofo vivo que tenga más influencia". Si por "influencia" entendemos capacidad para influir en la vida de la gente, esta afirmación no está desencaminada. Hay que tener en cuenta que en general la notoriedad de los filósofos en vida es más bien escasa; pero el ético Peter Singer (Australia, 1946) ha conseguido ser conocido, criticado y seguido por muchas más personas de lo que podríamos pensar. El motivo es que Singer encabeza una actitud ética ligada a la ecología y la vida alternativa que sitúa en la base de sus preocupaciones los derechos de los animales y, a partir de éstos, aconseja una reforma radical de los hábitos alimentarios de la humanidad.
   Según relata el propio Singer, el cambio en su vida vino de la mano de un compañero de estudios durante la universidad, que le explicó en cierta ocasión por qué no comía carne. Esa charla fue dando lugar a una reforma de los hábitos del propio Singer, quien situó en el centro de sus estudios los temas ligados a la producción de carne para el consumo humano y la moralidad de nuestro trato a los animales.
   Tanto en Liberación animal (1975) como en Somos lo que comemos (2006, en colaboración con Jim Mason) explica cómo la producción de carne en Occidente es de una crueldad apenas tolerable (léase por ejemplo la descripción de la corta vida de los pollos criados en las granjas industriales de Estados Unidos), pero es que además las consecuencias ecológicas de la cría masiva de animales para el consumo esquilma los recursos de la producción agrícola (millones de toneladas de cereales han de destinarse a la producción de pienso), el agua y los pastos salvajes; por otro lado, se talan bosques para producir más y más cereales y maiz, se modifican genéticamente las plantas para hacerlas más productivas, se aniquilan especies que entran en conflicto con la producción ganadera  y se contamina con todo tipo de antibióticos y sustancias químicas a los animales, siempre enfermos por culpa de las condiciones de su insalubre vida.
   Si miramos al mar, los resultados no están muy alejados: la pesca por arrastre acaba con  toneladas de especies descartadas, los grandes bancos del pescado más apreciado (atún, salmón, ballenas, etc.) están prácticamente en las últimas, y el auge de las piscifactorías hermana la producción del pescado con la de la carne terrestre.
   Más allá de la crueldad en el trato con las gallinas ponedoras de huevos, los pollos cebados para consumo, las terneras y cerdos masivamente sacrificados en las cadenas industriales, hallamos estas consecuencias para el planeta directamente derivadas del consumo de carne por la humanidad: la erosión, la deforestación, la escasez de agua, la pérdida de la biodiversidad, la contaminación del aire y de las aguas, el cambio climático, la injusticia social y buena parte de las enfermedades ligadas a la obesidad, la malnutrición y las contaminaciones alimentarias.
   La postura personal de Peter Singer está clara: la mayor revolución que se puede todavía llevar a cabo en Occidente es muy sencilla, dejar de comer carne y pescado. Últimamente muestra cierta tolerancia con el consumo ocasional de productos derivados de la cría ecológica (leche y huevos, por ejemplo), y tampoco cae en el radicalismo de vigilar todo tipo de etiquetas para evitar la relación con productos de origen animal (algo que es frecuente en los seguidores del veganismo más extremo); pero la recomendación sigue siendo ésta: dejar de comer carne es la mejor forma de procurarse una vida más sana y conservar la riqueza ecológica del planeta.

Puntualidad de los filósofos V

   El profesor Kant pasaba por aquí todos los días exactamente a la misma hora. Gracias a su puntualidad regulábamos el tiempo y los relojes. Desde que Kant ha muerto, toda certeza es precaria, a cada instante todas las horas son posibles. Y más de una vez se concentran simultáneamente varias en un solo momento vertiginoso y eterno del que salimos maltrechos, con los relojes mustios, desvaídos.
Ana María Shua (2000)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Las novelas de Jane Austen

 
Jane Austen (1775-1817) es una de las mejores novelistas del siglo XIX, por lo demás bien surtido de maestros de la novela. Sin grandes innovaciones formales, con un estilo cristalino y un manejo intuitivamente fílmico de la acción, la narrativa de Austen es hoy pasto de adaptaciones cinematográficas y un éxito de ventas internacional, con alrededor de 10.000 ejemplares vendidos cada año en el mercado español de cada uno de sus libros de bolsillo. El secreto de su éxito es la gran calidad de la escritura unida a unas tramas imperecederas, las derivadas del conflicto amoroso. No son novelas "para chicas", sino auténticos tratados de las relaciones humanas, con personajes de personalidades muy distintas y situaciones que, aun girando siempre alrededor del emparejamiento y el matrimonio, derivan hacia los conflictos éticos y la reflexión sobre el crecimiento personal y la vida honesta. Por todo ello es una autora ideal para iniciarse en la lectura de los grandes clásicos, perfecta para el nivel de 1º de Bachillerato. Cualquiera de sus seis novelas puede leerse a fin de realizar trabajos y mejorar la nota en la asignatura de Filosofía:

Publicada póstumamente en 1818, La Abadía de Northanger es la primera novela larga escrita por la autora. Como detalle extraordinario en su producción, incluye interesantes discusiones sobre el arte de la novela y una parodia de los cuentos góticos al estilo de Ann Radcliffe.


Unas veces traducida como Sensatez y sentimiento, otras como Juicio y semntimiento, pero más conocida como Sentido y sensibilidad (1811), la primera novela publicada de la autora es también la más popular y en la que se plantean las líneas constantes de su producción: la necesidad de las jóvenes de encontrar pareja en matrimonio y evitar así la penuria de una vida sin recursos. Hay que tener en cuenta que a las mujeres de esta época se les vetaba el derecho a la herencia, que recaía siempre en los hombres, lo que ocasionaba situaciones de dependencia como las que se reflejan en esta novela.

Orgullo y prejuicio (1813) es para muchos la cumbre del arte de Jane Austen, una novela perfecta, medida hasta el detalle, que se erige hoy en día como el paradigma de la novela romántica de calidad.

Mansfield Park (1814) ha sido evaluada tradicionalmente como la mejor de sus novelas, y es la más extensa. Fanny Price, el personaje principal, es el carácter más virtuoso urdido por Austen, sin los matices pícaros y atrevidos que encontramos en otras heroínas suyas. Al mismo tiempo, encarna un ideal de honestidad e integridad moral.

Emma (1815) es la novela más cómica de Jane Austen, gracias a las  situaciones que genera la joven del título, algo aburrida y muy mimada, que se entretiene urdiendo intrigas entre sus conocidos.

Persuasión (1818) es la última novela completa escrita por la autora y fue publicada póstumamente, ya que Jane Austen murió relativamente joven, a los 41 años de edad. Localizada en Bath, centro del turismo  de la época orientado a la salud, narra la melancólica situación de una joven que ha ido madurando soltera después de verse obligada a rechazar a un pretendiente sin dinero del que estaba enamorada. Como siempre en Austen, el final feliz está garantizado.

Los trabajos por escrito deben constar de una presentación de la autora (vida, obra y época), un resumen detallado por capítulos, una análisis de los personajes principales desde el punto de vista psicológico y moral, y un comentario final. Se puede acompañar con una crítica de alguna versión cinematográfica de la novela elegida, las hay de todas ellas. Todo esto en no menos de 10 folios escritos a mano y sin límite máximo.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Puntualidad de los filósofos I

   El profesor Kant es tan regular en sus costumbres que cada día esperamos su paso para poner en hora nuestros relojes. Cruza la calle siempre por esta esquina a las cuatro en punto de la tarde. El resto del universo, en cambio, es irregular, confuso, impredecible. A las cuatro en punto de la tarde a veces brilla un sol violento y a veces es de noche. Hay días en que recién acabamos de cenar y otros en que las cuatro de la tarde llegan inmediatamente después del desayuno. Los peores son esos días de infierno en que las cuatro en punto vuelven una y otra vez, casi a cada momento. Imagínese usted en qué horrible caos viviríamos si no nos informara el profesor Kant, con su paso regular y confiable, cuando están empezando a ser otra vez esas veleidosas cuatro de la tarde
Ana María Shua (2000)
Ana María Shua (1951)

La cita

   Cantando por los caminos y bromeando, mientras cantaba, con aventureros ruines, pasaba la Fama junto al poeta sin hacerle caso.
   Sin embargo, el poeta le hacía pequeñas coronas de canciones para que se adornase la frente en las Cortes del Tiempo; pero ella se ponía las guirnaldas indignas que los turbulentos ciudadanos le arrojaban a su paso, hechas de cosas perecederas.
   Y tras un tiempo, cada vez que esas guirnaldas se marchitaban, corría el poeta a ella con sus coronas de canciones; pero la Fama se burlaba de él, y seguía poniéndose las indignas guirnaldas, aunque siempre se marchitaban cuando llegaba la noche.
   Y un día el poeta, amargado, le reprochó su actitud, y le dijo: “Hermosa Fama, tanto por caminos como por veredas, no has dejado de reír y de hablar y bromear con gentes despreciables; en cambio, te burlas de mí y pasas por mi lado sin mirarme, a pesar de que me desvivo por ti y sueño contigo”.
   Y la Fama le volvió la espalda, y se fue; pero al marcharse, le miró por encima del hombro, y sonrió como no lo había hecho nunca; y casi en un susurro le dijo:
   —Ya te visitaré en el cementerio, dentro del Asilo, dentro de cien años.

Lord Dunsany (1915)
Lord Dunsany (1875-1957)

martes, 22 de noviembre de 2011

Sentidos y percepción: perturbaciones de la propiocepción (2)

FANTASMAS

   Un “fantasma” en el sentido en que utilizan la palabra los neurólogos es un recuerdo o imagen persistente de una parte del cuerpo, normalmente una extremidad, durante meses o años después de su pérdida. Weir Mitchell describió varios tipos: unos extrañamente espectrales e irreales, otros apremiantes, peligrosamente reales incluso; algunos intensamente dolorosos, otros indoloros… En general se trata de perturbaciones de la llamada por Henry Head “imagen corporal”, en las que pueden influir factores de estimulación del córtex sensorial y de los lóbulos parietales, así como condiciones del muñón nervioso o neuroma, trastornos en las raíces nerviosas o en el sistema sensorial de la médula. He aquí algunos casos:
   Dedo fantasma: Un marinero perdió en un accidente el dedo índice de la mano derecha. Durante 40 años le persiguió el fantasma intruso de aquel dedo rígidamente extendido, como estaba cuando lo perdió. Siempre que acercaba la mano a la cara (para comer o para rascarse la nariz, por ejemplo) temía que el dedo fantasma le sacase un ojo. Sabía que eso era imposible, pero la sensación era irreprimible.
   Miembros fantasma que desaparecen: Todos los amputados saben que el miembro fantasma es esencial para poder hacer uso de la prótesis, de un miembro artificial. “Estoy completamente seguro —escribe el doctor Michael Kremer— de que ningún amputado con una extremidad inferior artificial puede caminar con ella satisfactoriamente hasta que le ha incorporado la imagen corporal. En otras palabras, el fantasma.” En estos casos, la desaparición del fantasma es un desastre para el paciente.
   Fantasmas posicionales: Un día llegó a la consulta del Dr. Sacks Charles D., quejándose de que tropezaba, se caía y sufría de vértigo. El examen reveló que tenía una agitación de ilusiones posturales en continuo cambio. Se sentía como en un barco en un mar agitado: el suelo se acercaba y alejaba, él cabeceaba y daba sacudidas. Sólo si lograba fijar la vista en los pies lograba estarse quieto. Necesitaba, entonces, que la vista le indicase la verdadera posición de los pies.
   Sacks comprendió que se trataba de un delirio sensorial asociado a “ilusiones propioceptivas”, a ceguera parcial propioceptiva con respecto a las piernas. Se trataba de una etapa intermedia de ilusiones y fantasmas posturales.
   Fantasmas, ¿vivos o muertos?: Aunque la literatura científica al respecto es confusa, los pacientes no lo son: hay diferentes tipos de fantasmas.  Un hombre con amputación por encima de la rodilla explica: “Hay ese chisme, ese pie fantasma, que a veces me duele muchísimo… y se me curvan los dedos hacia arriba o sufren un espasmo. Es aún peor de noche, o cuando me quito la prótesis, o cuando estoy quieto y no hago nada. Se va en cuanto me pongo la prótesis y camino. Entonces siento aún la pierna, con toda claridad, pero es un fantasma bueno, diferente, anima la prótesis y me permite andar.”
   Muchos pacientes sufren dolor en el fantasma. A veces, este dolor tiene un carácter extraño, otras se trata de un dolor fuertemente real en el miembro inexistente. Un paciente escribió a Sacks quejándose de que una uña del pie inexistente se le metía en la carne. No se trata de problemas “imaginarios”, en todo caso son vividos como algo real por los pacientes. 

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 94-99.
Experiencia de un miembro fantasma

Sentidos y percepción: perturbaciones de la propiocepción (1)

LA DAMA DESENCARNADA

   En 1906, el psicofisiólogo Sherrington habla de “un sexto sentido” que nos informa de modo inconsciente acerca de las partes móviles de nuestro cuerpo. Lo llamó “propiocepción” y es imprescindible para que el individuo tenga un sentido de sí mismo, porque si sentimos el cuerpo como algo propio, como “propiedad” es por cortesía de la propiocepción.
   El cuerpo es algo que está ahí, no se pone en duda, es indiscutible para nosotros. ¿Pero qué ocurre cuando el individuo pierde esta certeza del cuerpo propio, cuando duda de su propio cuerpo?
   Christina era una joven de 27 años aficionada al hockey y la equitación, segura de sí misma, fuerte de cuerpo y de mente. Tenía dos hijos pequeños y trabajaba como programadora en su casa. Era inteligente y culta, le gustaba el ballet y la poesía. Llevaba una vida activa y plena, nunca había estado enferma. De pronto, la primera sorprendida fue ella, se descubrió que tenía piedras en la vesícula y se le aconsejó extirparlas.
   Ingresó en el hospital y se sometió a un régimen de antibióticos. Simple rutina.
   Aunque poco dada a sueños y fantasías, el día anterior a la intervención tuvo un sueño inquietante de una extraña intensidad. Se tambaleaba aparatosamente en el sueño, no era capaz de sostenerse en pie, apenas sentía el suelo, casi no tenía sensibilidad en las manos, notaba sacudidas constantes en ellas, se le caía todo lo que cogía. Este sueño le produjo un gran desasosiego. Antes de la operación, el sueño se hizo realidad. Se encontró con que no era capaz de mantenerse en pie, sus movimientos eran torpes e involuntarios, se le caía todo de las manos.
   “Histeria de angustia”, diagnosticó el psiquiatra del hospital, aludiendo al temor ante la operación. El día de la operación, Christina estaba aún peor. No podía mantenerse en pie, sus manos “vagaban” salvo que mantuviese la vista fija en ellas. Cuando extendía la mano para coger algo o intentaba llevarse el alimento a la boca se equivocaba o se quedaba cortas o se desviaba, como si hubiera desaparecido el control y la coordinación sobre las manos.
   —Ha sucedido algo horrible —balbucía con una voz lisa y espectral—. No siento el cuerpo. Me siento rara, desencarnada.
   El Dr. Sacks pensó que era como si los lóbulos parietales no recibiesen la información habitual de los sentidos, y se propuso examinar las funciones cerebrales de la paciente.
   Dedujo que había un déficit propioceptivo muy profundo, casi total, desde las puntas de los dedos a la cabeza. Los lóbulos parietales funcionaban, pero realmente no tenía ninguna sensibilidad en los músculos, tendones ni articulaciones.
   Christina había perdido el sentido de la propiocepción, el sentido de la posición del cuerpo, el sentido del movimiento corporal.
   Se aplazó la operación de vesícula.
   Hablando con ella, Sacks le explica que el sentido del cuerpo lo componen tres cosas: la visión, los órganos del equilibrio (el sistema vestibular) y la propiocepción, que es lo que ella había perdido, e intentó consolarla asegurando que hasta cierto punto podía suplirse un sentido con los otros.
   —Lo que yo tengo que hacer entonces —dijo ella muy despacio— es utilizar la vista, usar los ojos, en todas las ocasiones en que antes utilizaba esa… “propiocepción”. Ya me he dado cuenta —añadió— de que puedo “perder” los brazos. Pienso que están en su sitio y luego resulta que están en otro. Esta “propiocepción” es como los ojos del cuerpo, es la forma que tiene el cuerpo de verse a sí mismo. Y si desaparece, como es mi caso, es como si el cuerpo estuviese ciego. Mi cuerpo no puede verse si ha perdido los ojos, ¿no? Así que tengo que vigilarlo… tengo que ser sus ojos, ¿no es así?
   La lesión de las fibras propioceptivas continuó, no hubo recuperación en los ocho años siguientes, aunque finalmente haya conseguido llevar una vida adaptada con ajustes de todo tipo y género.
   Al principio no podía hacer nada sin utilizar la vista, y se derrumbaba en cuanto cerraba los ojos. En los inicios tenía que seguir con la mirada cada movimiento de su cuerpo para poder realizarlo. Sus movimientos, controlados y regulados conscientemente, eran al principio torpes, artificiales en alto grado. Con el tiempo sus movimientos lograron más armonía, más naturalidad, aunque siempre dependían del control de la vista. Progresivamente sustituyó la sensación inconsciente de la propiocepción por el consciente gobierno (ya automatizado) del control visual.
   Había aquí una cierta compensación de la pérdida propioceptiva con la potenciación de la vista y, como era su caso, el sentido del equilibrio y el oído. Si en el momento de la catástrofe Christina permaneció más de un mes como una muñeca de trapo, sin ser capaz ni siquiera de mantenerse sentada y erguida, tres meses después se la podía ver correctamente sentada, esculturalmente sentada, como una bailarina sorprendida en una pose. Y era eso, una pose, una postura meditada y sostenida conscientemente. Como había fallado la naturaleza, Christina recurría al artificio.
   Estos recursos hacían la vida posible, pero no normal. Christina aprendió a caminar, a coger un transporte público, a desarrollar las actividades habituales de la vida, pero sólo a costa de una gran vigilancia, consciente de que en cualquier momento, si bajaba la guardia, podría derrumbarse.
   Logró una recuperación funcional, pero no neurológica. Podía funcionar a base de artimañas, incluso logró regresar a su trabajo con el ordenador; pero nunca dejó de sentirse como desencarnada, con un cuerpo muerto, irreal, que no parecía el suyo.
   —Tengo la sensación de que mi cuerpo es ciego y sordo a sí mismo… no tiene sentido de sí mismo.
   Por lo demás no encuentra palabras para describir esa privación de cuerpo, esta oscuridad o silencio sensorial, emparentado con la ceguera o la sordera. Ella no tiene palabras, y los demás tampoco, para comprender estados como éste. Tampoco la sociedad entiende. Cuando sube a un autobús, bamboleándose, torpe, puede llegar a escuchar las quejas de la gente: “¿Qué le pasa? ¿Está borracha?” Es difícil hacer entender que se carece de “propiocepción”.
   —¡Ay, si pudiera sentir! —se desahoga a veces con el Dr. Sacks—. Pero he olvidado lo que es eso… Yo era normal, ¿verdad que sí? Me movía como los demás…
   Si se le enseñan películas de su vida anterior se reconoce, pero no se identifica con esa mujer. Se siente “desmedulada”, como una especie de espectro. Ha perdido el anclaje orgánico fundamental con la identidad, el sentido de ser un cuerpo.
   Cuando hay trastornos profundos de la percepción del cuerpo o de la imagen del cuerpo se produce una cierta despersonalización. Weir Mitchell, trabajando con pacientes amputados durante la Guerra de Secesión estadounidense lo describe como un rasgo específico, este sentido de la falta de individualidad, y el consiguiente deseo de recabar confirmación de que uno es uno mismo. Christina también tiene esta falta, como muchos pacientes que sufren cortes transversales en la médula espinal.

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 68-81 

El equilibrio corporal depende del sentido propioceptivo, la visión y el sistema vestibular

sábado, 19 de noviembre de 2011

La memoria: "El marinero perdido"

   ¿Qué tipo de vida, qué clase de mundo, qué clase de yo se puede conservar en el individuo que ha perdido la mayor parte de la memoria y, con ella, su pasado y sus anclajes en el tiempo?
   Un paciente de Oliver Sacks, llamado Jimmie G., servirá para empezar a dar una respuesta a esta pregunta. A principios de 1975 ingresó en una residencia de ancianos de Nueva York con una nota que decía “Desvalido, demente, confuso y desorientado”.
   Jimmie era un hombre de buen aspecto, con una mata de pelo canoso rizado, cuarenta y nueve años, de aspecto saludable. También era alegre, cordial y afable.
   —¡Hola, doctor! —dijo—. ¡Estupenda mañana! ¿Puedo sentarme en esta silla?
   Era una persona decididamente simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar cualquier pregunta que le hiciesen. Daba sus datos con precisión, describió con amoroso detalle el pueblecito de Connecticut donde había nacido, llegó incluso a dibujar un plano. Habló de su época en la Marina a partir del año 1943, recordaba el código Morse y era capaz de manejarlo con fluidez.
   Sus recuerdos, sin embargo, se quedaban ahí. Recordaba con precisión y revivía esa época en la Marina, pero nada más. Cuando hablaba de esa época parecía referirse más al presente que a un tiempo del pasado, de hecho empezaba hablando en pasado y enseguida se pasaba al presente de indicativo.
   Cuando Oliver Sacks le pregunta por el año en que están, el paciente contesta que en 1945, y cuando se le interroga sobre su edad, afirma que diecinueve. Cuando el neurólogo le muestra su imagen en un espejo, Jimmie se aferra a los brazos de la silla:
   —Dios Santo, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Estoy loco? ¿Es una broma?
   El doctor lo tranquiliza llevándolo hasta la ventana y enseguida recupera el color y empieza a sonreír mientras observa a unos chicos jugando al béisbol. Sacks aprovecha entonces para dejarlo solo un momento y sale para deshacerse del espejo. Cuando vuelve, dos minutos más tarde:
   —¡Hola, doctor! —dice— ¿Quiere usted hablar conmigo?
   No había indicio ninguno de reconocimiento en su expresión, franca y abierta.
   —¿No nos hemos visto antes, señor G.?
   —No, que yo sepa. Menuda barba que tiene. ¡A usted no lo olvidaría, doctor!
   El paciente ha olvidado todo, se pregunta qué hace en el hospital, si es que trabaja allí, si es un paciente…, no lo sabe.
   Sacks le recuerda lo que le ha contado de Connecticut, y Jimmie reconoce que es verdadero, pero afirma que no ha debido contárselo él, que lo habrá leído por ahí.
   —Está bien —dice Sacks—. Le contaré una historia. Un individuo fue a ver a su médico quejándose de que tenía fallos de memoria. El médico le hizo unas cuantas preguntas de rutina y luego le dijo: “¿Y esos fallos de memoria, qué me dice de ellos?”. “¿Qué fallos?”, contesta el paciente.
   —Así que ése es mi problema —contesta Jimmie, echándose a reír—. Ya me parecía a mí. A veces se me olvidan cosas, de vez en cuando… cosas que acabo de pensar. Sin embargo, el pasado lo recuerdo claramente.
   El Dr. Sacks somete a pruebas al paciente. Se encuentra con una pérdida extrema y sorprendente del recuerdo a corto plazo, hasta el punto de que cualquier cosa que se le diga o se le muestre la olvida a los pocos segundos. A veces retiene recuerdos vagos, un confuso eco de familiaridad. Cinco minutos después de jugar al tres en raya con él, recuerda que “un médico” había jugado a aquello con él “tiempo atrás”. Cuando Sacks le recuerda que fue él, le hace gracia. Tiene un humor ligero y una cierta indiferencia a estas paradojas.
   Al parecer no es que deje de registrar los datos en la memoria, el problema es que se le borran al cabo de un minuto, sobre todo si concurren estímulos que compiten o lo distraen. Sus facultades intelectuales y perceptivas se mantienen en un nivel muy elevado.
  Tiene los conocimientos científicos de un bachiller inteligente, inclinado a las matemáticas y a las ciencias, puede realizar cálculos a gran velocidad; pero si el problema exige mucho tiempo se desorienta y se olvida hasta de la pregunta. Cuando se le enseña una foto de la Tierra desde la Luna cree que se le toma el pelo.
   El diagnóstico fue un probable síndrome de Korsakov. Según escribió este psiquiatra ruso en 1887, tal enfermedad consiste en la alteración del recuerdo de los hechos recientes, conservando las impresiones del pasado y manteniendo intactos el ingenio, la agudeza mental y la inventiva.
   A. R. Luria ha ampliado las investigaciones de Korsakov sobre la memoria. Para Luria, estos pacientes han perdido el sentido de la sucesión temporal y empiezan a vivir en un mundo de impresiones aisladas. Los motivos para la enfermedad pueden ser algún tumor o la degeneración neurológica de los cuerpos mamilares a causa del alcohol. No hay un tratamiento claro para combatirla.
   En el caso de Jimmie, el abuso del alcohol fue constante desde los años 60, al abandonar la Marina. Según su hermana, este consumo aumentó a partir de los 70 hasta hundirlo en el delirio y la angustia. Se lo ingresó en una residencia y superó la crisis, pero las secuelas fueron la pérdida de memoria. Ahora bien, ¿por qué la pérdida afectaba sólo a los recuerdos de los últimos años?
   Sacks intentó hipnotizarlo para averiguar algo más; pero fue imposible porque la amnesia le hacía perder el hilo de la hipnosis. Le escribió a Luria y éste encontró el caso normal, puesto que la amnesia retroactiva podía retroceder décadas y hasta casi una vida entera. “En un caso como éste no hay recetas”, escribió Luria, “hay pocas esperanzas, puede que ninguna de que se produzca una recuperación de la memoria. Pero un hombre no es sólo memoria. Tiene sentimiento, voluntad, sensibilidad, moral… Es poco lo que puede usted hacer neuropsicológicamente, nada quizás; pero en el campo del Individuo, quizás pueda usted hacer mucho.”
   Puesto que Jimmie se da y al mismo tiempo no se da cuenta de su situación, es difícil hacer nada por él:
   —¿Cómo se siente?
  —¿Cómo me siento? No puedo decir que me sienta mal. Pero no puedo decir que me sienta bien. No puedo decir que me sienta de ninguna manera.
   Se trata de un hombre que sólo demuestra fijación y sentimientos profundos con respecto a la religión. En la capilla se comporta de un modo devoto, por otro lado disfruta con la música y le gusta la jardinería. Al paso del tiempo, este hombre fragmentado ha logrado cierta tranquilidad, y siempre hay que recordar que la angustia la sienten más aquellos que los rodean que los propios pacientes.

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 44-67.

Oliver Sacks nace en 1933 en Londres. Puede que sea el neurólogo más famoso en la actualidad, gracias a unos libros de divulgación que se venden y se leen como novelas de éxito. Pero no inventa nada, describe las historias de los pacientes que ha tratado. Ahora vive en Nueva York.
Para el gran público empezó a ser conocido por su mejor libro: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), donde describe casos de agnosia visual, síndrome de Korsakov, perturbaciones de la propiocepción, miembros fantasma, Parkinson, afasia, síndrome de Tourette, amnesias o hipermnesias, autismo, etc. Aunque se trata en todos los casos de patologías reales, uno no deja de pensar que son algo fantásticas, por lo singulares que resultan. Este mismo estilo lo continúa en Un antropólogo en Marte (1995), con casos de síndrome de Asperger, ceguera al color, etc.
Reconoce que su inspiración para este tipo de obras es el Pequeño libro de una gran memoria (1968), de A. R. Luria, que describe el caso del mnemonista Salomon Veniaminovich Shereshevski, de memoria prácticamente absoluta.
Estos libros son la introducción más amable que se puede encontrar a la Psicología Clínica, porque Sacks observa a sus pacientes con verdadera simpatía, sin por ello dejar de mostrarnos toda la crudeza de sus perturbaciones.
Pueden leerse en Primero de Bachillerato, y elaborar trabajos para subir nota en la asignatura de Filosofía.

 

Niños salvajes: Victor de l'Aveyron


      La historia comienza un día de 1797, durante el quinto año de la reciente República Francesa, cuando unos campesinos de la re­gión de Lacaune, situada en el macizo central, sorprendieron a un niño desnudo que huía a través de los bosques de la Bassine. De­bido a la curiosidad que esto produjo, estuvieron al acecho los días siguientes y, finalmente, lo pudieron ver otra vez buscando bellotas y raíces. En 1798 unos leñadores lo vieron de nuevo y, a pesar de la violenta resistencia que opuso, lo llevaron al pueblo de Lacaune, donde su llegada produjo sensación. Fue exhibido varias veces en la plaza pública, pero la curiosidad de las gentes pronto se vio satisfecha ante la vista de este muchacho mudo y sucio y, una vez que su vigilancia disminuyó, se escapó de nuevo al bosque.
Durante los quince meses siguientes se le vio de cuando en cuando, merodeando por los caminos que limitaban con el bosque, recogiendo patatas y nabos para comérselos allí mismo o, a veces, para llevárselos. Se encontraron varias guaridas, que se supuso ha­bía utilizado, una de las cuales tenía una cama de hojas y musgo. Finalmente, el 25 de julio de 1799, tres cazadores lo vieron y capturaron en estos mismos bosques.
     Un joven doctor y pedagogo del Instituto de Sordomudos, Jean Itard, se encargará a partir de 1800 de la educación del niño salvaje. Hizo un minucioso relato de las características que presentaba el niño y de los avances que logró en el proceso educativo al que fue sometido durante años. De un primer informe escrito en 1801, se ha extraído la información, en gran parte textual, que figura a continuación.
La descripción del aspecto físico que mostraba al encon­trarlo es la siguiente:
“Una criatura de un desaliño repelente, presa de movi­mientos espasmódicos y a ratos compulsivos, que se mueve de una parte a otra en incesante balanceo, a semejanza de algunos animales enjaulados, que mordía y arañaba a cuan­tos hacían por atenderla, y finalmente, ajena a todo, incapaz de parar la atención en cosa alguna.”
Además de contar en su cuerpo con más de veinte cicatrices, Itard aporta también el informe médico realizado en ese momenlo por una sociedad científica sobre el estado de inhi­bición de sus sentidos:
“... los ojos, sin fijeza ni expresión, sin cesar divagan de un objeto a otro, sin detenerse jamás en uno de ellos, hallán­dose tan poco ejercitados, tan poco coordinados con el tacto, que en modo alguno sabían distinguir entre un objeto de una simple pintura; el oído, tan insensible a los ruidos más fuertes como a la más emotiva de las melodías (aunque podía volverse ante el chasquido que se producía al romper una nuez); el órgano de la voz, en el estado de abandono más absolu­to, no emitía sino un sonido uniforme y gutural; el olfato parecía igualmente indiferente a la exhalación de los perfumes como al hedor de las basuras de que estaba impregnado su cubil; el tacto, en fin, se limitaba a la función mecánica y no perceptiva, de la pura prensión de los objetos.”
     En cuanto a las funciones intelectuales parecía...
    “... incapaz de atención, salvo en lo que atañía a los objetos de sus necesidades. Se encontraba privado de discernimiento, negado a la memoria, desprovisto de toda aptitud imitativa y hasta tal punto obstruido a los recursos de la mente, incluso relativos a sus propios intereses, que aún no había aprendido siquiera a abrir las puertas ni acertaba a valerse de una silla para atrapar algún manjar (...). Se hallaba despro­visto de todo recurso comunicativo y en ningún ademán del cuerpo podía adivinarse modo alguno de intencionalidad ni expresión; sin apariencia de motivo alguno pasaba de repente de la más melancólica apatía a una risa explosiva y desbordante. Insensible su alma a cualquier clase de afección moral, toda su inclinación y su pla­cer quedaban circunscritos al agrado del órgano del gusto. (...) En una palabra, su existencia toda quedaba reducida a una vida puramente animal.”
Ante el cuadro que presentaba esta criatura se barajaron dos hipótesis. 1.- Los médi­cos sostuvieron que probablemente el niño había sido abandonado poco antes de ser hallado a causa de sus deficiencias físicas y mentales, por lo cual no tendría posibili­dad alguna de mejoría; 2.- Itard, por el contrario, afirmaba que su retraso podría ser el resultado de haber sido abandonado hacia los tres o cuatro años y, por tanto, con un proceso educativo específico llegaría a convertirse en un niño como los demás. De ahí los objetivos de su proyecto: acostumbrarlo a vivir con humanos, restaurar su embotada sensiblidad, «ampliar el radio de sus ideas extendiéndolo a un campo de necesidades nuevas» y ejercitar la imitación para que accediera al don de la palabra.

Después de cinco años de observacion y trabajo intensísimo, Itard presentó un informe sobre los progresos realizados en la edu­cación de las funciones sensoriales, intelectuales y morales, y los métodos utilizados para ello. De dicho informe extrajo una serie de conclusiones sobre el ser humano de las que se pueden destacar las siguientes palabras:
"Que el hombre es inferior a muchos animales en el puro estado de naturaleza; estado de incapacidad y de barbarie, que sin fundamento se ha querido pintar de los colores más halagüeños…"
"Que la superioridad moral que se pretende conna­tural al hombre no es sino el resultado de la civilización, la cual lo eleva por encima de los otros animales."
“Nuestra propiedad esencial son las facultades imi­tativas y la inclinación continua a buscar nuevas sensaciones en necesidades nuevas.”
    "Que semejante fuerza imitativa, destinada a la educación de sus órganos, y sobre todo al aprendizaje de la palabra, siendo muy vigorosa y activa en los pri­meros años de la vida, se debilita rápidamente con el paso de los años si no se usa, desuso que embota la sensibilidad nerviosa; de ahí que la articulación de los sonidos, que es sin ningún género de dudas el más extraordinario y útil de todos los resultadós de la imitación, tenga que padecer dificultades sin cuento en cualquier edad que no sea la primera infancia."

     En cuanto al proceso de aprendizaje de Víctor, podemos resumirla diciendo que Víctor fue pasando por las siguientes etapas:

- Desarrollo de los sentidos. A la escasa sensibilidad que mostraban todos los órga­nos de los sentidos deI niño Víctor, Itard añade que podía estar desnudo horas enteras bajo la lluvia y el frío, igual que podía coger con la mano un tizón del fuego o meter la mano en agua hirviendo para sacar una patata y nunca se le vio una lágrima o un gesto de dolor. Sometido a un ambiente mucho más cálido que el del bosque y a un tratamienlo de baños calientes, al cabo de un tiempo empezó a mostrarse sensible al frío y a apreciar la utilidad de las ropas; la perspectiva de dormir en una cama húmeda le obligó a levantarse a hacer sus necesidades; su tacto se volvió sensible al calor y al frío, a lo blando y a lo duro, a lo áspero y a lo suave y, al mismo tiempo que se fue haciendo cuidadoso y limpio, también comenzó a tener catarros y otras enfermedades.
Con el tacto, también el olfato y el gusto fueron aplicándose casi en paralelo a diferenciar y reconocer, pero no la vista y el oído, que exigieron otro tipo de trabajo. Separó ambos sentidos, tratando de hacerle distinguir diversos sonidos con los ojos tapados, del mismo modo que, un año antes, le había llevado a establecer compara­ciones y distinciones entre colores y figuras, letras y palabras. De esta forma, dice Itard, se llevó a cabo el desembotamiento de sus sentidos, salvo el del oído: “Apor­tando a su alma hasta entonces muerta ideas desconocidas ( ...) fue  enseñado a dis­tinguir por el tacto un objeto redondo de uno plano, por los ojos un papel encarnado de uno blanco, por el gusto un licor agrio de uno dulce, había aprendido, al propio tiempo, a distinguir entre sí los nombres que designan estas diversas percepciones, pero sin conocer el valor representativo de que son portadores esos signos.”

- Funciones intelectuales. Junto al desarrollo de los sentidos, la atención de Víctor fue obligada a reparar en los objetos que había de distinguir y que su memoria tenía que recordar. Aunque pronto aprendió a reconocer y repetir la palabra lait (leche) por el gusto que tenía por ese alimento, no la pronunciaba nunca para pedirla sino cuan­do la tenía delante: no sabía que el símbolo representaba al objeto. La identificación entre la palabra escrita y el objeto hubo de aprenderla del siguiente modo: mostrada la palabra (“vaso”), Víctor había de ir a buscar el objeto depositado en otra habita­ción. Pronto Itard comprobó que Víctor sólo la identificaba con un objeto concreto, como si de un nombre propio se tratara. Tendría, pues, que aprender a generalizar, de forma que libro fuese para él como para nosotros el nombre común de cualquier libro. Después Víctor pasó a dar el mismo nombre a objetos que no guardaban entre sí más relación que la semejanza de su forma o de su empleo. Con el nombre "libro", por ejemplo, menta­ba indistintamente una resma de papel, un cuaderno, un periódico, un libro de regis­tros, un opúsculo, tal y como llamaba “bastón” a todo pedazo de madera estrecho y largo. Sólo tras grandes esfuerzos Víctor logró aprender el carácter general de las palabras, pasando a reconocer los objetos bajo la consideración de sus semejanzas y de sus diferencias, relacionando la idea “libro” con cualquier libro, y no con el papel. Igual ocurrió con “lo grande” y “lo pequeño”, que llegó a aplicar como cualidad con independencia de que se refiriera a un libro o a un clavo. Sin embargo, a pesar de todos los trabajos de preparación y adiestramiento de sus órganos vocales, no consiguió aprender a hablar. Itard dedujo que la causa de dicha imposibilidad era que la facultad imitativa en la que se basa la adquisición del lenguaje sólo se aplica al aprendizaje de la pala­bra en la primera infancia, mientras que Víctor era ya un adolescente cuando fue apresado y, además, parecía tener embotado el sentido del oído. 

- Facultades afectivas. El desarrollo de su capacidad de afecto e interés por los demás hubo de superar la más absoluta indiferencia que, en un principio, sentía por los que le proporcionaban cuidado, alimento y aténción. Sólo acudía a los demás acu­ciado por la necesidad, y no veía en ellos la mano que lo alimentaba sino la cantidad de alimento. Aunque Itard no consiguió interesar a Víctor en ningún tipo de juego que no estuviera ligado a la satisfacción de alguna necesidad alimenticia, las salidas al campo o los paseos por los jardines con la señora Guérin (ama de llaves de Itard y cuida­dora de Víctor), eran para él la mayor fuente de satisfacción. Ahí nació, según Itard, el afecto que comenzó pronto a manifestar por ella, aunque solamente fuera, al comienzo, un puro cálculo egoísta. Después de cinco años de convivencia en los que aumentó el número de sus necesidades y exigió cada vez más atenciones, Itard escribe: «A pesar de su desmedida querencia por la libertad de los campos y de su indiferencia por los placeres de la vida social, Víctor se muestra agradecido por los cuidados que se le prodigan, capaz de una afectuosa amistad, sensible al placer de hacer las cosas bien, vergonzoso de sus errores y arrepentido de sus arrebatos» . 
     En un aspecto concreto el pedagogo se muestra “... sorprendido por el sistema afectivo del joven Víctor: su indiferencia por las mujeres, aun en medio de las impe­tuosas alteraciones de una pubertad muy pronunciada (...) En lugar de ese impulso expansivo que lanza a los jóvenes de los dos sexos el uno hacia el otro, he hallado en él no más que un instinto ciego, que si le hace en verdad más preferible la compañía de las mujeres a la de los hombres, no llega en absoluto a comprometer su corazón en semejante diferencia: así, lo he vislo repetidas veces, en una reunión de mujeres, ir a sentarse a la vera de una de ellas, como buscando alivio a su ansiedad, y pellizcarle delicadamente la mano, los brazos y las rodillas, hasta que sintiendo sus inquietos deseos se alejaba inquieto, y se volvía hacia otra, con la que repetía el mismo comportamiento.” Itard concluye sobre este hecho que Víctor no puede com­parase con un adolescente normal, pues no ha recibido una educación que le permita desarrollar sus instintos.

- Aprendizaje moral. Itard lo describe según el siguiente proceso: Dado que muy pocos alimentos eran de su gusto, conseguirlos en grandes cantidades era para Víctor lo más importante. Si se le sorprendía cogiéndolos, se le reprendía, por lo cual comenzó a robarlos con artimañas. A esta conducta se le respondió con represalias: lo hurtado se le arrebataba por mucho tiempo. Esto pareció tener éxito, pues Víctor dejó de robar. ¿Pero había adquirido el sentido moral de lo bueno y lo malo, o sólo había reprimido una forma de actuar por miedo al castigo? Jean Itard decide comprobarlo sometiéndolo a un ejercicio muy sencillo y que Víctor, sin duda alguna, realizaría correctamente, pero por el que no se le premiará, sino que recibirá un castigo. Es decir, fue sometido a la experiencia de la injusticia. La reacción de Víctor, más allá de su habitual obediencia, fue violenta, su indignación le llevó, incluso, a morder la mano de su maestro. “Era la prueba incontestable de que el sentimienlo de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando.”
 
Apuntes elaborados con la ayuda de:

- Apuntes del Prof. Tomás Cuesta.
- Harlan Lane: El niño salvaje de Aveyron. Madrid: Alianza, 1984.
- T. Coraghessan Boyle: El pequeño salvaje. Madrid: Impedimenta, 2012.
- François Truffaut: El pequeño salvaje. dvd MGM
- Página de Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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Lucien Malson en su obra sobre los niños salvajes resume los rasgos de los más de 60 casos conocidos a partir del siglo XIV de niños criados al margen del contacto humano:
  • Marcha inclinada.
  • No hablan.
  • Falta de distinción perceptiva.
  • No se reconocen ante el espejo.
  • Falta de destreza técnica, la mano no sirve para coger o manipular objetos.
  • Falta de expresividad facial.
  • Falta de interés sexual.
   Se trata de rasgos generales, ya que en casos puntuales llegan a hablar algo o manifiestan interés sexual (aunque como mecanismo puramente biológico, en el caso por ejemplo de Victor de l'Aveyron). En conclusión, ni la libido, ni la técnica ni la posición erguida son "naturales". El comportamiento reconocidamente humano no se hereda biológicamente salvo en sus manifestaciones más simples de supervivencia, como orientación a paliar el hambre o la sed, procurarse la evasión del peligro o encontrar refugio.

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