El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 19 de marzo de 2017

Coetzee y Platón


   Para el que según una parte importante de la crítica literaria es el mejor novelista en activo, J. M. Coetzee, Platón es un viejo referente. Le hizo un guiño indirecto en su novela-ensayo Elizabeth Costello al criticar la idea de que cualquier cosa, incluso los más horrendos crímenes, tienen cabida en una obra de ficción. Ese moralismo estético remite a la República, donde se expulsaba (más bien se invitaba a no entrar) a los pintores y se conminaba a los poetas a no dar falsas imágenes de los dioses como seres volubles y caprichosos, es decir, a no servir como vehículo de ideas falsas o engañosas. ¿Es lícito representar fielmente en una obra de ficción sucesos degradantes, horrendos, en el límite de lo soportable? No sabemos si la postura de Costello es exactamente la de Coetzee, pero en todo caso gracias a ambos comparece de nuevo una pregunta que no debería nunca abandonar los debates estéticos.
   La República a la que pertenece la ciudad de Novilla es imaginaria, en ella se habla español, y es el lugar de acogida, humanitaria pero fría, de todos aquellos que tras un viaje en barco a través del océano deciden dejar sus recuerdos atrás para iniciar una nueva vida. Con cierto automatismo, los ciudadanos cumplen de buen grado sus tareas, van al trabajo, cobran sus sueldos básicos, practican el vegetarianismo y desprecian la técnica. Han acallado la voz del cuerpo, los estibadores estudian filosofía y discuten en asambleas improvisadas todo tipo de cuestiones, siempre con la mejor voluntad. Hay mucha resistencia a cambiar las costumbres, como si las hubieran fijado largas discusiones encaminadas al bien general. 
   A esta ciudad llegan un "viejo" de unos cuarenta y cinco años y un niño de cinco buscando como todos una nueva vida pero también a la madre del niño, que perdieron de vista al embarcar. El hombre, llamado Simón, se ha hecho cargo del niño durante la travesía, y lo quiere tanto como si fuera su hijo; aun así lo entrega a una mujer ociosa llamada Inés, guiado por la intuición de que ella es su verdadera madre, idea que la gélida y virginal mujer hace suya con un coraje extraordinario y visceral. A partir de ahí formarán un trío extraño que gira alrededor del caprichoso, carismático niño Jesús, de nombre David por asignación (tras el viaje han perdido sus recuerdos concretos). El niño tiene el poder de arrastrar a todo el que trata con él, empezando por el padrino y su madre autoinducida, pero también otros niños y adultos, dispuestos a abandonar en muchos casos su vida corriente para seguirlo en su iluminada e infantil lucha contra un poder (sobre todo el escolar) que coarta su dislocada pero sugestiva visión del mundo. Su modelo en esta cruzada, con el que aprende a leer, es nada menos que Don Quijote.
   El simbolismo parece demasiado explícito: Platón y Jesús. La razón y la irracionalidad. El orden político y la religión... Pero Coetzee no es alegórico. Las alusiones son equívocas, en ese mundo ordenado pero decadente de Novilla circulan también el mal y el desinterés, se regula hasta la pasión sexual y se permiten desigualdades absurdas. El niño Jesús-David es un tiranuelo que exige la sumisión absoluta, practica la piedad hacia los seres más desvalidos y reparte un amor total aunque inconstante. Sus padres adoptivos se lo toman muy en serio, el viejo Simón le explica con pelos y señales la realidad del mundo, como si hablase con un adulto, y el niño acepta o rechaza no se sabe si con una sabiduría superior o desde la pura demencia. ¿Pero qué es la realidad? Un fruto de la memoria. Los recuerdos no se borran totalmente, la memoria inventa o se autoconvence de una fantasía mil veces repetida. Lo que interpretamos se mezcla con lo que vemos, lo que presentimos con lo que sabemos, y la realidad se vuelve cada vez más ambigua.
   Como novela, La infancia de Jesús despierta todo tipo de sensaciones estéticas y reflexiones filosóficas, no puede dejar indiferentes. A capítulos para enmarcar suceden conversaciones que uno tacharía de arriba abajo. "Desconcertante", dijo Guelbenzu en su crítica, quitándole no pocos lectores. No, no es desconcertante, sino impactante.

miércoles, 18 de enero de 2017

Animal y vegetal



   
   Entre los textos que trabajaba Musil para la continuación y conclusión de su novela El hombre sin atributos hay redacciones distintas de capítulos tanto definitivos como truncados, así como fragmentos que Musil no ve cómo continuar en el momento, y hasta tramas muy desarrolladas que no sabemos si han sido abandonadas o reservadas durante lustros (por ejemplo la historia Clarisse y Moosbrugger, no incluida en los anexos de la edición española, o el famoso capítulo "Viaje al paraíso", situado como colofón en ésta, de manera discutible). 
   Entrar a pescar en este mar revuelto tiene algo de aventurado. La relación de estos capítulos con una novela definitivamente inconclusa no puede aclararse, ya que en cuanto tal permanece en el misterio y lo seguirá siempre. Sin embargo, estos fragmentos, separados pero unidos al cuerpo de la novela inacabada, parecen órganos en la mesa de operaciones del Doctor Frankenstein, y en cuanto los estimulamos con un poco de electricidad se agitan y parecen vivir por sí mismos.
   Tomemos el ejemplo  de una distinción en la que trabajaba el autor durante los tres meses anteriores a su muerte, y que responde directamente nada menos que a la pregunta por el significado del título del libro. En el capítulo "Aliento de un día de verano" concede a los hermanos un estado contemplativo de la naturaleza mientras se hallan en compañía en el jardín de su casa, sin apenas conciencia del paso de las horas. Agathe recuerda las quejas contradictorias de los libros de los místicos que ha leído previamente: el corazón lleno y vacío de amor, no saber dónde se está ni querer saberlo... Como otros tantos pétalos de flores, penden de un tiempo eterno, y en ese momento se siente en el Reino Milenario del que tanto han hablado con ocasión de estas lecturas. Al iniciar una conversación sobre este estado, Ulrich, en sintonía con su hermana "gemela", reflexiona sobre dos tipos de persona correspondientes a dos modos de vivir las pasiones. El primero es el tipo animal, en el que los sentimientos se descargan puerilmente, de manera abrupta e intensa. El segundo es el tipo vegetal, en el que impera el autodominio y el rechazo de la acción a que arrastra y empuja todo sentimiento. Otras denominaciones posibles para esta dicotomía son el modo mundano frente al místico, el apetitivo frente al no-apetitivo. La oposición de la disposición "vegetal" (por no decir "vegetariana", dice Agathe) frente a la "animal" es la que separa al soñador del realista, y Ulrich la ofrece como un profundo tema de reflexión para los filósofos (entre los que no acepta incluirse). El tipo apetitivo animal de persona lo capta todo con gran viveza, pasa por encima de los obstáculos y parece un torrente. El tipo vegetal se opone a él, es tímido, pensativo, de decisiones difíciles, lleno de sueños y nostalgias. Su pasión está interiorizada. El modo fáustico (en el principio es la acción) es el del hombre con atributos (por ejemplo, Arnheim), con determinaciones y repleto de cualidades; el modo contemplativo pertenece al hombre sin atributos. El primero es un realista y habita el mundo sirviéndose de él como un experto, el otro es un nihilista, que si pudiera suprimiría la realidad. Lo normal, reconoce Ulrich, es que oscilemos entre ambos tipos; pero al mismo tiempo nos indica que el Reino Milenario al que tienden Agathe y Ulrich está sin duda más cerca del temple vegetal que del animal.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Platón y el Mito del carro alado

  

    Algunas de las más bellas páginas de la Historia de la Filosofía se las debemos al divino Platón. De hecho, podemos considerarlo el filósofo con un estilo más imperecedero. Tal vez sea por su inclinación primera al teatro, o por haber filosofado en un tiempo de libertad, cuando los géneros y los estilos aún estaban en formación. No obstante, ese virtuosismo literario, que alcanza la cima en sus mitos, tiene hoy una contrapartida frecuente: las falsas representaciones y la vulgarización.
   Cuando se buscan interpretaciones simbólicas del mito del carro (o yunta, o tronco) alado, y su estructura tripartita que conforma el alma humana, no es raro encontrar metáforas supuestamente pedagógicas que nos hablan de un auriga o conductor (para representar el alma inteligible), de un caballo blanco y bueno (alma irascible) y otro negro y rebelde (alma concupiscible). En algunos lugares (especialmente, páginas de internet y libros de texto) incluso se les otorga un lugar concreto en el carro: el caballo negro a la izquierda, el otro a la derecha, o al revés, lo cual roza el esperpento, pues por mucho que se lea el famoso mito del Fedro, no se hallará referencia alguna ni al color ni a la situación de los caballos. No se debe concluir por tanto ningún tipo de racismo ni mucho menos una anacrónica ideología política en el mito. De hecho, dice Platón literalmente que uno de los caballos es "bueno y hermoso" y el otro todo lo contrario. Cuando explica algo más, relaciona la fuerza próxima a lo divino con la cercanía a la bondad, la sabiduría y la belleza, y lo que se aleja de ella con todo lo contrario; pero nada de colores ni situaciones. Por otro lado, si el caballo rebelde está "entreverado de maldad" (como el hermoso lo estará de bondad), no está condenado a ella, pues en caso contrario el sentido del mito tendería al determinismo, y no al camino de perfección que con toda claridad trata de defender Platón a través de su complejo sistema de reencarnaciones y paideia.
   Los ciclos de diez mil años para las reencarnaciones masivas, los mil años que debe esperar cada alma después y antes de cada reencarnación, las tres reencarnaciones sucesivas en filósofos antes de la liberación del ciclo por otros siete mil... Todo eso, aun siendo curioso, es pura anécdota al lado de la tendencia principal del mito, que es una vez más de orden moral.
   Es sabido que Sócrates defendió la relación entre sabiduría y bondad, por lo que la virtud dependería de la sabiduría práctica (y por ello lo consideramos el primer gran teórico de la ética). Al mismo tiempo, solemos repetir el correctivo aristotélico (Ética a Nicómaco, VII) en cuanto crítica definitiva al intelectualismo moral ("intelectualismo eudemonista" lo llama Windelband), asumiendo que la sabiduría no incita por sí sola a la virtud si no se ve acompañada de hábitos prácticos y en suma de una buena y formada voluntad. Pues bien, ¿qué otra cosa defiende Platón con la estructura tripartita de virtudes (prudencia, fuerza, moderación) ligadas al alma humana? El intelectualismo moral en cuanto identificación de conocimiento racional y bondad moral es dudoso que fuera abrazado por Sócrates; pero desde luego ni se aproxima a la teoría ética de Platón, plenamente consciente ya, como lo será Aristóteles, de que el saber racional sin el concurso de los nobles apetitos (por definición no-racionales, es decir, irracionales) no puede ser en exclusiva el fundamento de ética alguna. Por último, la idea de justicia platónica, que comparece también en el mito como armonía del alma, tiene una doble cara, individual y social, y conecta, como es sabido, Ética y Política.
   Curiosamente, el famoso mito del Fedro, que articula una vez más los dos mundos supuestamente antagónicos, nos enseña, en contra del tópico, y en conexión con las páginas correlativas del Banquete, que la sensibilidad es el primer peldaño para el bien y la belleza, aunque para Platón este peldaño no sea el único ni el principal.

martes, 18 de octubre de 2016

Protágoras

   Prácticamente contemporáneos son tres filósofos de la Grecia clásica muy desigualmente conocidos y considerados hoy en día: Demócrito, del que apenas se conservan noticias y fragmentos de una obra colosal, Protágoras, el mayor en edad, considerado el primero de los llamados sofistas y, cómo no,  Sócrates. La lista de obras de Demócrito el atomista es impresionante, pero se han perdido. Se lo tiene por un gran enciclopedista, temido (y silenciado) por Platón y aunque incluido en el grupo de los presocráticos, nació sólo un año antes que Sócrates (según Diógenes Laercio), falleciendo bastante después de él y pasados los cien años. Por su parte, de Protágoras se dice que fue alumno de Demócrito. Sea o no cierta la anécdota de su mutuo conocimiento, merece conocerse tal y como la recoge Aulo Gelio en sus Noches Áticas:
  Se pregunta cuál fue el motivo de que Protágoras se dedicara a la filosofía y cuáles fueron sus primeros pasos. (...)
  Él transportaba desde el campo vecino hasta la ciudad de Abdera, de la que era originario, muchos troncos de leña atados con una cuerda pequeña. Entonces Demócrito, paisano suyo, un hombre venerable a los ojos de todo el mundo por sus virtudes y su filosofía, encontrándose casualmente con él al salir de la ciudad, vio que caminaba fácilmente con aquella carga tan pesada y de difícil transporte; se le acerca, observa con atención el ensamblaje y la colocación de los troncos hecha con gran maña y pericia y le pide que descanse un rato.
  Cuando Protágoras hizo lo que se le había pedido y Demócrito se percató de que aquel montón de troncos, casi un cilindro, atado con una cuerda pequeña, estaba equilibrado por una proporción casi geométrica, le preguntó quién había dispuesto los troncos de aquel modo. Como Protágoras le contestase que había sido él, deseó ardientemente que lo desatara y los volviera a poner de nuevo del mismo modo.
  Sin embargo, después de desatarlos y colocarlos de modo semejante, Demócrito, admirado de la maña y el ingenio de un hombre sin instrucción, le dijo: "Querido muchacho, puesto que tienes un talento natural para hacer las cosas bien, hay cosas mejores y más importantes que puedes hacer conmigo". Y al punto se lo llevó, lo mantuvo a su lado, le pagó un salario, le enseñó filosofía e hizo que fuera lo que después llegó a ser.
Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 3.

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras (1663/4)

   Aulo Gelio abunda en la idea de un Protágoras poco de fiar y hábil en los litigios. En efecto, también lo hace Diógenes Laercio, al afirmar que "engendró la raza de los disputadores erísticos"; aunque al mismo tiempo lo reconoce como "el primero que suscitó el modo de dialogar que llamamos socrático" (Diógenes Laercio, IX, 52 y 53). No sería difícil imaginarse a los dos, Sócrates y Protágoras, discutiendo y contrastando argumentos por las plazas de Atenas, y si hace falta un apoyo para la imaginación, podemos recurrir al diálogo platónico a él dedicado, que ofrece una imagen amable del venerable sofista. Por otro lado, sabemos que Protágoras hubo de abandonar Atenas y marchar al destierro por el inicio de su escrito Acerca de los dioses (requisado y quemado en el ágora), donde planteaba desde el inicio que de ellos nada podemos saber, por la oscuridad del tema y porque la vida humana es demasiado corta..., sincera manifestación de agnosticismo que por entonces no se distinguía del simple ateísmo. El propio Sócrates vivirá una situación muy parecida, cuando lo acusaron de ateísmo dada su obediencia al demonio de la filosofía, si bien solventará la encrucijada de un modo antitético, ganándose el eterno respeto de la humanidad, mientras que su colega, tan próximo a él como nos podamos imaginar, ha quedado reducido al tópico de embaucador que enseña a volver fuerte el argumento debil y a debilitar al fuerte, sin darnos cuenta de que en tal estrategia puede reconocerse también un inicio de ironía (incluso socrática) y de análisis de la argumentación más acá de implicaciones éticas. Por otra parte, sabemos que, en el terreno político, Protágoras no defendía el engaño sino la persuasión que conduce a la felicidad ciudadana, pues estar convencido de que las leyes que nos rigen y asumimos son las mejores posibles es siempre deseable para cualquiera.
   Volviendo al campo de la argumentación, se cuenta que una vez fue vencido. Lo relata también Aulo Gelio (V, 10), al cual remitimos. Es la famosa anécdota en que Protágoras lleva a juicio a su alumno Evatlo con el que habría acordado que le pagaría sus clases de derecho cuando ganase algún juicio, pero que no ejercía y por tanto no le abonaba la deuda. La paradoja planteada en el pleito del maestro al alumno, dado que los dos se pertrechan con buenos argumentos para su causa, dejó perplejos a los jueces, que postergaron la sentencia sine die. Quién sabe si el propio Protágoras no propició la situación para demostrar, en su línea, que para todo hay al menos dos puntos de vista, y que para cada problema se puede (y se deben) sopesar los argumentos opuestos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El cine francés y la filosofía


   La reciente película de Mia Hansen-Love, "El porvenir" (L'Avenir, 2016) destaca aún más la buena relación del cine francés con la filosofía, la Philo, como la llaman popular y amablemente. Es una relación respetuosa y en absoluto complaciente, hasta el punto que cuando decimos de una película que es "muy francesa" nos podemos referir a esa libertad para expresar las propias opiniones, ese gusto por el diálogo y las sobremesas, la conversación con amigos y la originalidad personal, ya que en el carácter francés parecen establecidos como dignos valores el auto-estudio à la Montaigne, la reflexión metódica cartesiana y el amor propio rousseauniano.
   Por otra parte, en ninguna otra filmografía del mundo (siendo la española el polo opuesto) encuentran los filósofos, pensadores, o simples profesores, más espacio, mayor presencia. ¿En qué película encontraríamos a un tipo divagando interminablemente acerca de Pascal mientras una guapa mujer desnuda le escucha desde la cama? Pues en una de Eric Rohmer, el mismo director que en uno de sus Cuentos de las Cuatro Estaciones otorga el papel principal a una joven profesora de instituto que nos explica los "juicios sintéticos a priori" en mitad de una cena. Tal vez sea Rohmer ese tipo de director al que apuntan las flechas del arquetipo francés en el cine. 



   También François Truffaut, que ha tenido la osadía de filmar la memoria de Jean Itard sobre el pequeño salvaje de l'Aveyron (L'enfant sauvage, 1970), o de llevar al cine uno de los relatos más filosóficos de Henry James ("El altar de los muertos") en "La habitación verde" (1978), parece dejarse llevar por este río de cine naturalmente escorado a la reflexión y el pensamiento, algo incomprensible para su vecino hispánico (con algunas excepciones, es verdad).



   Hay bastantes directores franceses representantes del cine de autor que o bien dan voz a la filosofía o se embarcan en películas filosóficas: Jean-Luc Godard en "Alphaville" (1965) o Robert Bresson en "Au Hasard Balthazar" (1966) nos dan ejemplos de cine filosófico; el canadiense Denys Arcand en prácticamente toda su filmografía da la palabra a los intelectuales; en el documental "Ce n'est qu'un debut", de Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier (2010) se defiende llevar la filosofía a los primeros cursos de la enseñanza, hasta Infantil, y en una reciente de Lucas Delvaux (Pas son genre, 2014) nos encontraremos a un profe de filosofía esforzándose por mantener la relación con una chica peluquera (por cierto, una respetuosa tragicomedia, muy digna). 


   Pues bien, en este contexto de mutua comprensión y estímulo entre Cine y Filosofía, el film de Mia Hansen-Love retrata a una mujer de una pieza, profesora de instituto, rondando los sesenta, encarnada a la perfección por Isabelle Huppert, que ve cómo todos los apoyos y también todos los deberes que rodean su vida comienzan a caer cuando su marido la deja, su madre da muestras de perder definitivamente la cabeza, los hijos empiezan a llevar su vida fuera de la casa familiar, la editorial para la que trabaja prescinde de sus colaboraciones... Y ella, sin embargo, se va adaptando, viendo la otra cara de la situación, la libertad que de pronto empieza a disfrutar. No hay vida infeliz para quien ama los buenos libros, vive en una bonita ciudad, mantiene unas buenas relaciones con algunas personas escogidas y sobre todo reconoce que tal vez lo mejor de la vida son las ilusiones, como nos advierte la profesora con una estupenda cita de La Nueva Eloísa, y es que mientras se tienen ilusiones se está a la espera, expectante y a salvo de la decepción.


jueves, 11 de agosto de 2016

La muerte de Chamfort

   Siempre que leemos sobre Nicolas Chamfort (1741-1794) hemos de revivir las circunstancias de su terrible muerte. Por ejemplo, en el texto de Albert Camus redactado en 1944 como prólogo para las Maximes et Anecdotes. Además de una discusión de sus posiciones, un elogio, una precisa situación de su obra en el contexto estilístico, moral e histórico del autor, Camus defiende la afinidad entre las anécdotas referidas por Chamfort y las novelas de Stendhal o el propio Camus. Hacia el final, describe la terrible muerte del "gruñón" moralista-inmoralista, el indignado con su época, el hedonista jacobino que abrazó a la revolución hasta que la revolución impuso el Terror y dejó de considerarlo fiable, terminando por encarcelarlo en el año 1793. Sólo estuvo un par de días; pero hubo de dejarle una viva impresión. Una vez fuera, es sometido a arresto domiciliario vigilado. Se le comunica poco después que debe volver a la cárcel, y a Chamfort no se le ocurre otra cosa que matarse por su propia mano. La descripción de Camus en este punto no ahorra detalles al horror: "Se dispara un tiro que le rompe la nariz y vacía su ojo derecho. Todavía con vida, vuelve a la carga, se degüella con una navaja de afeitar y se corta las carnes. Bañado en sangre, hurga en su pecho con el arma y, en fin, tras abrirse las corvas y las muñecas  se desploma en medio de un charco de sangre cuya aparición por debajo de una puerta acaba por dar la alarma". El prólogo detiene ahí el relato, pero debemos añadir que no tuvo éxito y, curado de urgencia, agonizó durante varios meses antes de expirar.
   La muerte de Chamfort es una metáfora del Terror revolucionario, y anticipa otras purgas realizadas en el siglo XX por partidos que igualmente creyeron encarnar la llama de la verdad, y acabaron quemando las carnes no sólo de los enemigos sino de los porteadores, de los propios camaradas.
  Con la mayor sagacidad, Antoine de Rivarol (1753-1801) ironizaba sobre esa elevación a la superioridad moral que acaba sentenciando "Sé mi hermano o te mato", y que Chamfort sufrió literalmente en sus propias carnes.






















"El mundo físico semeja a la obra de un ser poderoso y bueno, que fue obligado a abandonar en manos de un ser maléfico la ejecución de una parte de su plan. Pero el mundo moral diríase el producto de las veleidades de un demonio que se hubiera vuelto loco."

miércoles, 13 de julio de 2016

Economía colaborativa

- Buenos días. Llamo porque tengo que sacarme una muela.
- Buenos días. ¿Privado, seguro o colaborativo?
- Prefiero colaborar.
- Muy bien. ¿A qué se dedica usted?
- Soy filósofo. Doy clases de Filosofía.
- Oh, vaya. ¿Y cuál es su especialidad?
- Me doctoré en Idealismo trascendental kantiano; pero desde entonces he ampliado estudios en el campo de la Fenomenología y algo también de Hermenéutica.
- Entiendo... Pues la equivalencia es dos clases de Filosofía a cambio de la extracción. Pero a Kant ya lo he estudiado un poco, me interesaría seguir por Schelling o Hegel.
- Podemos dedicar una hora a cada uno de ellos, si es su deseo.
- Eso sería estupendo, ahora bien, tendria que ser en días anteriores a la extracción, como es lógico. ¿Le urge a usted mucho la operación?
- Pues un un poco sí, es verdad que no me duele porque el nervio ya fue quemado, sin embargo la muela está partida y me molesta. ¿Qué tal si concentramos las clases justo antes de la intervención?
- Por mí perfecto. Déjeme consultar la agenda… Podemos quedar mañana mismo a las cuatro de la tarde y para las siete estará libre de su molesta muela y yo dispuesto para leer la Fenomenología del Espíritu.
- Genial. Da gusto colaborar con geste como usted.
- Hasta mañana entonces, y un saludo.

Juan R. Asch: Cuentos héticos. Bilbao: Astiberri, 2013, pág. 75. 



viernes, 8 de julio de 2016

Solo de piano

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos más que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios);
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen;
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y que se llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas: 

Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.

Nicanor Parra (1914)


"Solo de piano", en Poemas y antipoemas (1954). Madrid: Cátedra, 1995, pág. 88

El Sur

  Publicada por primera vez 1985, El Sur es una novela corta que fue escrita varios años antes por Adelaida García Morales (Badajoz, 1946 - Sevilla, 2014). La autora vivió una temporada en las Alpujarras, estudió Filosofía en Madrid y ejerció como profesora de Instituto. También llegó  a trabajar como modelo y acriz. Su obra más conocida es ésta, a la que siguieron El silencio de las sirenas (1985), La lógica del vampiro (1990), Las mujeres de Héctor (1994) y otras novelas y cuentos durante los noventa. Con el cambio de siglo, su actividad literaria prácticamente se detuvo y vivió al margen de la publicidad.
   El Sur es un relato fresco y al mismo tiempo melancólico. Aborda la infancia de una niña  y su posterior adolescencia en una casa aislada, en estrecha relación con su familia y en especial su padre. Ambos, narradora y padre, comparten un cierto fondo oscuro y hasta cruel, algo que se sugiere a través de un uso brillante del punto de vista; pero sobre todo son dos seres apasionados e insatisfechos. Un cierto aire de familia con la obra de Henry James se percibe también en Bene, ambigua novela de fantasmas y posesiones que nos recuerda Otra vuelta de tuerca. De El Sur hizo Víctor Erice una versión cinematográfica que debería verse como complemento de la lectura, ya que no se limita a trasladar la novela a imágenes, tiene entidad propia y está considerada una de las mejores películas del cine español.