El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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jueves, 10 de noviembre de 2016

Platón y el Mito del carro alado

  

    Algunas de las más bellas páginas de la Historia de la Filosofía se las debemos al divino Platón. De hecho, podemos considerarlo el filósofo con un estilo más imperecedero. Tal vez sea por su inclinación primera al teatro, o por haber filosofado en un tiempo de libertad, cuando los géneros y los estilos aún estaban en formación. No obstante, ese virtuosismo literario, que alcanza la cima en sus mitos, tiene hoy una contrapartida frecuente: las falsas representaciones y la vulgarización.
   Cuando se buscan interpretaciones simbólicas del mito del carro (o yunta, o tronco) alado, y su estructura tripartita que conforma el alma humana, no es raro encontrar metáforas supuestamente pedagógicas que nos hablan de un auriga o conductor (para representar el alma inteligible), de un caballo blanco y bueno (alma irascible) y otro negro y rebelde (alma concupiscible). En algunos lugares (especialmente, páginas de internet y libros de texto) incluso se les otorga un lugar concreto en el carro: el caballo negro a la izquierda, el otro a la derecha, o al revés, lo cual roza el esperpento, pues por mucho que se lea el famoso mito del Fedro, no se hallará referencia alguna ni al color ni a la situación de los caballos. No se debe concluir por tanto ningún tipo de racismo ni mucho menos una anacrónica ideología política en el mito. De hecho, dice Platón literalmente que uno de los caballos es "bueno y hermoso" y el otro todo lo contrario. Cuando explica algo más, relaciona la fuerza próxima a lo divino con la cercanía a la bondad, la sabiduría y la belleza, y lo que se aleja de ella con todo lo contrario; pero nada de colores ni situaciones. Por otro lado, si el caballo rebelde está "entreverado de maldad" (como el hermoso lo estará de bondad), no está condenado a ella, pues en caso contrario el sentido del mito tendería al determinismo, y no al camino de perfección que con toda claridad trata de defender Platón a través de su complejo sistema de reencarnaciones y paideia.
   Los ciclos de diez mil años para las reencarnaciones masivas, los mil años que debe esperar cada alma después y antes de cada reencarnación, las tres reencarnaciones sucesivas en filósofos antes de la liberación del ciclo por otros siete mil... Todo eso, aun siendo curioso, es pura anécdota al lado de la tendencia principal del mito, que es una vez más de orden moral.
   Es sabido que Sócrates defendió la relación entre sabiduría y bondad, por lo que la virtud dependería de la sabiduría práctica (y por ello lo consideramos el primer gran teórico de la ética). Al mismo tiempo, solemos repetir el correctivo aristotélico (Ética a Nicómaco, VII) en cuanto crítica definitiva al intelectualismo moral ("intelectualismo eudemonista" lo llama Windelband), asumiendo que la sabiduría no incita por sí sola a la virtud si no se ve acompañada de hábitos prácticos y en suma de una buena y formada voluntad. Pues bien, ¿qué otra cosa defiende Platón con la estructura tripartita de virtudes (prudencia, fuerza, moderación) ligadas al alma humana? El intelectualismo moral en cuanto identificación de conocimiento racional y bondad moral es dudoso que fuera abrazado por Sócrates; pero desde luego ni se aproxima a la teoría ética de Platón, plenamente consciente ya, como lo será Aristóteles, de que el saber racional sin el concurso de los nobles apetitos (por definición no-racionales, es decir, irracionales) no puede ser en exclusiva el fundamento de ética alguna. Por último, la idea de justicia platónica, que comparece también en el mito como armonía del alma, tiene una doble cara, individual y social, y conecta, como es sabido, Ética y Política.
   Curiosamente, el famoso mito del Fedro, que articula una vez más los dos mundos supuestamente antagónicos, nos enseña, en contra del tópico, y en conexión con las páginas correlativas del Banquete, que la sensibilidad es el primer peldaño para el bien y la belleza, aunque para Platón este peldaño no sea el único ni el principal.

martes, 18 de octubre de 2016

Protágoras

   Prácticamente contemporáneos son tres filósofos de la Grecia clásica muy desigualmente conocidos y considerados hoy en día: Demócrito, del que apenas se conservan noticias y fragmentos de una obra colosal, Protágoras, el mayor en edad, considerado el primero de los llamados sofistas y, cómo no,  Sócrates. La lista de obras de Demócrito el atomista es impresionante, pero se han perdido. Se lo tiene por un gran enciclopedista, temido (y silenciado) por Platón y aunque incluido en el grupo de los presocráticos, nació sólo un año antes que Sócrates (según Diógenes Laercio), falleciendo bastante después de él y pasados los cien años. Por su parte, de Protágoras se dice que fue alumno de Demócrito. Sea o no cierta la anécdota de su mutuo conocimiento, merece conocerse tal y como la recoge Aulo Gelio en sus Noches Áticas:
  Se pregunta cuál fue el motivo de que Protágoras se dedicara a la filosofía y cuáles fueron sus primeros pasos. (...)
  Él transportaba desde el campo vecino hasta la ciudad de Abdera, de la que era originario, muchos troncos de leña atados con una cuerda pequeña. Entonces Demócrito, paisano suyo, un hombre venerable a los ojos de todo el mundo por sus virtudes y su filosofía, encontrándose casualmente con él al salir de la ciudad, vio que caminaba fácilmente con aquella carga tan pesada y de difícil transporte; se le acerca, observa con atención el ensamblaje y la colocación de los troncos hecha con gran maña y pericia y le pide que descanse un rato.
  Cuando Protágoras hizo lo que se le había pedido y Demócrito se percató de que aquel montón de troncos, casi un cilindro, atado con una cuerda pequeña, estaba equilibrado por una proporción casi geométrica, le preguntó quién había dispuesto los troncos de aquel modo. Como Protágoras le contestase que había sido él, deseó ardientemente que lo desatara y los volviera a poner de nuevo del mismo modo.
  Sin embargo, después de desatarlos y colocarlos de modo semejante, Demócrito, admirado de la maña y el ingenio de un hombre sin instrucción, le dijo: "Querido muchacho, puesto que tienes un talento natural para hacer las cosas bien, hay cosas mejores y más importantes que puedes hacer conmigo". Y al punto se lo llevó, lo mantuvo a su lado, le pagó un salario, le enseñó filosofía e hizo que fuera lo que después llegó a ser.
Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 3.

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras (1663/4)

   Aulo Gelio abunda en la idea de un Protágoras poco de fiar y hábil en los litigios. En efecto, también lo hace Diógenes Laercio, al afirmar que "engendró la raza de los disputadores erísticos"; aunque al mismo tiempo lo reconoce como "el primero que suscitó el modo de dialogar que llamamos socrático" (Diógenes Laercio, IX, 52 y 53). No sería difícil imaginarse a los dos, Sócrates y Protágoras, discutiendo y contrastando argumentos por las plazas de Atenas, y si hace falta un apoyo para la imaginación, podemos recurrir al diálogo platónico a él dedicado, que ofrece una imagen amable del venerable sofista. Por otro lado, sabemos que Protágoras hubo de abandonar Atenas y marchar al destierro por el inicio de su escrito Acerca de los dioses (requisado y quemado en el ágora), donde planteaba desde el inicio que de ellos nada podemos saber, por la oscuridad del tema y porque la vida humana es demasiado corta..., sincera manifestación de agnosticismo que por entonces no se distinguía del simple ateísmo. El propio Sócrates vivirá una situación muy parecida, cuando lo acusaron de ateísmo dada su obediencia al demonio de la filosofía, si bien solventará la encrucijada de un modo antitético, ganándose el eterno respeto de la humanidad, mientras que su colega, tan próximo a él como nos podamos imaginar, ha quedado reducido al tópico de embaucador que enseña a volver fuerte el argumento debil y a debilitar al fuerte, sin darnos cuenta de que en tal estrategia puede reconocerse también un inicio de ironía (incluso socrática) y de análisis de la argumentación más acá de implicaciones éticas. Por otra parte, sabemos que, en el terreno político, Protágoras no defendía el engaño sino la persuasión que conduce a la felicidad ciudadana, pues estar convencido de que las leyes que nos rigen y asumimos son las mejores posibles es siempre deseable para cualquiera.
   Volviendo al campo de la argumentación, se cuenta que una vez fue vencido. Lo relata también Aulo Gelio (V, 10), al cual remitimos. Es la famosa anécdota en que Protágoras lleva a juicio a su alumno Evatlo con el que habría acordado que le pagaría sus clases de derecho cuando ganase algún juicio, pero que no ejercía y por tanto no le abonaba la deuda. La paradoja planteada en el pleito del maestro al alumno, dado que los dos se pertrechan con buenos argumentos para su causa, dejó perplejos a los jueces, que postergaron la sentencia sine die. Quién sabe si el propio Protágoras no propició la situación para demostrar, en su línea, que para todo hay al menos dos puntos de vista, y que para cada problema se puede (y se deben) sopesar los argumentos opuestos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El cine francés y la filosofía


   La reciente película de Mia Hansen-Love, "El porvenir" (L'Avenir, 2016) destaca aún más la buena relación del cine francés con la filosofía, la Philo, como la llaman popular y amablemente. Es una relación respetuosa y en absoluto complaciente, hasta el punto que cuando decimos de una película que es "muy francesa" nos podemos referir a esa libertad para expresar las propias opiniones, ese gusto por el diálogo y las sobremesas, la conversación con amigos y la originalidad personal, ya que en el carácter francés parecen establecidos como dignos valores el auto-estudio à la Montaigne, la reflexión metódica cartesiana y el amor propio rousseauniano.
   Por otra parte, en ninguna otra filmografía del mundo (siendo la española el polo opuesto) encuentran los filósofos, pensadores, o simples profesores, más espacio, mayor presencia. ¿En qué película encontraríamos a un tipo divagando interminablemente acerca de Pascal mientras una guapa mujer desnuda le escucha desde la cama? Pues en una de Eric Rohmer, el mismo director que en uno de sus Cuentos de las Cuatro Estaciones otorga el papel principal a una joven profesora de instituto que nos explica los "juicios sintéticos a priori" en mitad de una cena. Tal vez sea Rohmer ese tipo de director al que apuntan las flechas del arquetipo francés en el cine. 



   También François Truffaut, que ha tenido la osadía de filmar la memoria de Jean Itard sobre el pequeño salvaje de l'Aveyron (L'enfant sauvage, 1970), o de llevar al cine uno de los relatos más filosóficos de Henry James ("El altar de los muertos") en "La habitación verde" (1978), parece dejarse llevar por este río de cine naturalmente escorado a la reflexión y el pensamiento, algo incomprensible para su vecino hispánico (con algunas excepciones, es verdad).



   Hay bastantes directores franceses representantes del cine de autor que o bien dan voz a la filosofía o se embarcan en películas filosóficas: Jean-Luc Godard en "Alphaville" (1965) o Robert Bresson en "Au Hasard Balthazar" (1966) nos dan ejemplos de cine filosófico; el canadiense Denys Arcand en prácticamente toda su filmografía da la palabra a los intelectuales; en el documental "Ce n'est qu'un debut", de Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier (2010) se defiende llevar la filosofía a los primeros cursos de la enseñanza, hasta Infantil, y en una reciente de Lucas Delvaux (Pas son genre, 2014) nos encontraremos a un profe de filosofía esforzándose por mantener la relación con una chica peluquera (por cierto, una respetuosa tragicomedia, muy digna). 


   Pues bien, en este contexto de mutua comprensión y estímulo entre Cine y Filosofía, el film de Mia Hansen-Love retrata a una mujer de una pieza, profesora de instituto, rondando los sesenta, encarnada a la perfección por Isabelle Huppert, que ve cómo todos los apoyos y también todos los deberes que rodean su vida comienzan a caer cuando su marido la deja, su madre da muestras de perder definitivamente la cabeza, los hijos empiezan a llevar su vida fuera de la casa familiar, la editorial para la que trabaja prescinde de sus colaboraciones... Y ella, sin embargo, se va adaptando, viendo la otra cara de la situación, la libertad que de pronto empieza a disfrutar. No hay vida infeliz para quien ama los buenos libros, vive en una bonita ciudad, mantiene unas buenas relaciones con algunas personas escogidas y sobre todo reconoce que tal vez lo mejor de la vida son las ilusiones, como nos advierte la profesora con una estupenda cita de La Nueva Eloísa, y es que mientras se tienen ilusiones se está a la espera, expectante y a salvo de la decepción.


jueves, 11 de agosto de 2016

La muerte de Chamfort

   Siempre que leemos sobre Nicolas Chamfort (1741-1794) hemos de revivir las circunstancias de su terrible muerte. Por ejemplo, en el texto de Albert Camus redactado en 1944 como prólogo para las Maximes et Anecdotes. Además de una discusión de sus posiciones, un elogio, una precisa situación de su obra en el contexto estilístico, moral e histórico del autor, Camus defiende la afinidad entre las anécdotas referidas por Chamfort y las novelas de Stendhal o el propio Camus. Hacia el final, describe la terrible muerte del "gruñón" moralista-inmoralista, el indignado con su época, el hedonista jacobino que abrazó a la revolución hasta que la revolución impuso el Terror y dejó de considerarlo fiable, terminando por encarcelarlo en el año 1793. Sólo estuvo un par de días; pero hubo de dejarle una viva impresión. Una vez fuera, es sometido a arresto domiciliario vigilado. Se le comunica poco después que debe volver a la cárcel, y a Chamfort no se le ocurre otra cosa que matarse por su propia mano. La descripción de Camus en este punto no ahorra detalles al horror: "Se dispara un tiro que le rompe la nariz y vacía su ojo derecho. Todavía con vida, vuelve a la carga, se degüella con una navaja de afeitar y se corta las carnes. Bañado en sangre, hurga en su pecho con el arma y, en fin, tras abrirse las corvas y las muñecas  se desploma en medio de un charco de sangre cuya aparición por debajo de una puerta acaba por dar la alarma". El prólogo detiene ahí el relato, pero debemos añadir que no tuvo éxito y, curado de urgencia, agonizó durante varios meses antes de expirar.
   La muerte de Chamfort es una metáfora del Terror revolucionario, y anticipa otras purgas realizadas en el siglo XX por partidos que igualmente creyeron encarnar la llama de la verdad, y acabaron quemando las carnes no sólo de los enemigos sino de los porteadores, de los propios camaradas.
  Con la mayor sagacidad, Antoine de Rivarol (1753-1801) ironizaba sobre esa elevación a la superioridad moral que acaba sentenciando "Sé mi hermano o te mato", y que Chamfort sufrió literalmente en sus propias carnes.






















"El mundo físico semeja a la obra de un ser poderoso y bueno, que fue obligado a abandonar en manos de un ser maléfico la ejecución de una parte de su plan. Pero el mundo moral diríase el producto de las veleidades de un demonio que se hubiera vuelto loco."

miércoles, 13 de julio de 2016

Economía colaborativa

- Buenos días. Llamo porque tengo que sacarme una muela.
- Buenos días. ¿Privado, seguro o colaborativo?
- Prefiero colaborar.
- Muy bien. ¿A qué se dedica usted?
- Soy filósofo. Doy clases de Filosofía.
- Oh, vaya. ¿Y cuál es su especialidad?
- Me doctoré en Idealismo trascendental kantiano; pero desde entonces he ampliado estudios en el campo de la Fenomenología y algo también de Hermenéutica.
- Entiendo... Pues la equivalencia es dos clases de Filosofía a cambio de la extracción. Pero a Kant ya lo he estudiado un poco, me interesaría seguir por Schelling o Hegel.
- Podemos dedicar una hora a cada uno de ellos, si es su deseo.
- Eso sería estupendo, ahora bien, tendria que ser en días anteriores a la extracción, como es lógico. ¿Le urge a usted mucho la operación?
- Pues un un poco sí, es verdad que no me duele porque el nervio ya fue quemado, sin embargo la muela está partida y me molesta. ¿Qué tal si concentramos las clases justo antes de la intervención?
- Por mí perfecto. Déjeme consultar la agenda… Podemos quedar mañana mismo a las cuatro de la tarde y para las siete estará libre de su molesta muela y yo dispuesto para leer la Fenomenología del Espíritu.
- Genial. Da gusto colaborar con geste como usted.
- Hasta mañana entonces, y un saludo.

Juan R. Asch: Cuentos héticos. Bilbao: Astiberri, 2013, pág. 75. 



viernes, 8 de julio de 2016

Solo de piano

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos más que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios);
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen;
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y que se llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas: 

Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.

Nicanor Parra (1914)


"Solo de piano", en Poemas y antipoemas (1954). Madrid: Cátedra, 1995, pág. 88

El Sur

  Publicada por primera vez 1985, El Sur es una novela corta que fue escrita varios años antes por Adelaida García Morales (Badajoz, 1946 - Sevilla, 2014). La autora vivió una temporada en las Alpujarras, estudió Filosofía en Madrid y ejerció como profesora de Instituto. También llegó  a trabajar como modelo y acriz. Su obra más conocida es ésta, a la que siguieron El silencio de las sirenas (1985), La lógica del vampiro (1990), Las mujeres de Héctor (1994) y otras novelas y cuentos durante los noventa. Con el cambio de siglo, su actividad literaria prácticamente se detuvo y vivió al margen de la publicidad.
   El Sur es un relato fresco y al mismo tiempo melancólico. Aborda la infancia de una niña  y su posterior adolescencia en una casa aislada, en estrecha relación con su familia y en especial su padre. Ambos, narradora y padre, comparten un cierto fondo oscuro y hasta cruel, algo que se sugiere a través de un uso brillante del punto de vista; pero sobre todo son dos seres apasionados e insatisfechos. Un cierto aire de familia con la obra de Henry James se percibe también en Bene, ambigua novela de fantasmas y posesiones que nos recuerda Otra vuelta de tuerca. De El Sur hizo Víctor Erice una versión cinematográfica que debería verse como complemento de la lectura, ya que no se limita a trasladar la novela a imágenes, tiene entidad propia y está considerada una de las mejores películas del cine español.

May Sinclair invoca a Kant para explicar el Idealismo y encuentra el Aleph


May Sinclair y su gato Jerry
   Mary Amelia St. Clair Sinclair, May Sinclair, nació en 1863 cerca de Liverpool y murió en 1946. Hoy se la recuerda ante todo por sus cuentos fantásticos, pero éstos se hallan muy condicionados por sus intereses artísticos y filosóficos. Podría decirse que May Sinclair representa en el siglo XX un papel parecido al que George Eliot llevó a cabo en el XIX, ambas novelistas y filósofas. Escribió unas veinte novelas, además de ensayos sobre George Meredith,  las hermanas Brontë o los imaginistas de principios de siglo. En su novela más valorada, Mary Oliver (1919), emplea la técnica del "stream of conciousness", término que fija a partir de la psicología de William James. Publicó dos libros en defensa del Idealismo, y llegó a formar parte de la prestigiosa Aristotelian Society a partir de 1917. También estuvo muy interesada en el Psicoanálisis, contribuyendo a la creación de la primera institución de psicoanálisis en Londres, la Medico-Psiychological Clinic. Ambas fuentes, la Filosofía (en concreto el problema del mal) y el Psicoanálisis (el deseo sexual) se cruzan en sus relatos más conocidos, como "Villa Désirée" (1926) o el que más le gustaba a Borges: "Donde el fuego no se apaga", que el autor de "El Aleph" tradujo junto con el que vamos a comentar abajo en 1934, quince años antes de su famosa fantasía sobre un universo de cuatro dimensiones.
* * *
   Entre los soberbios relatos de Uncanny Stories (1923) se halla uno que por su elevado vuelo especulativo puede pasar un tanto desapercibido. Se titula "El hallazgo del Absoluto", y leído a la luz de las especulaciones borgianas puede resultar tan interesante como los más celebrados de esta autora:
   El Sr. Spaulding es un reflexivo y atormentado filósofo que ha dejado de lado los problemas morales a cambio de erigir un sistema idealista puramente teorético. ¿Cómo podrían la estupidez o el mal formar parte del Absoluto? Ahí están por ejemplo sus insoportables parientes, y sobre todo la traición de su joven esposa, que acaba de fugarse con un poeta imaginista. La infidelidad de su mujer hace que se resquebraje su fe en la metafísica, hasta entonces erigida sobre meditaciones que partían del yo como fuente racional de la realidad; pero ahora tiene que enfrentarse al insalvable problema del mal. Como en un vaso con grietas, el agua de la confianza del Sr. Spaulding empieza a perderse tras la huida de su esposa, y cuando la joven pareja muere, el uno por sus excesos con el alcohol y la otra de neumonía y de pena, el Sr. Spaulding los sigue casi de inmediato... Para reencontrarse con ellos en el mismísimo cielo. 
   El relato se divide en tres partes, y el episodio del cielo es el segundo. El Sr. Spaulding es guiado por su esposa y su amante, que le van explicando en primer lugar qué hacen allí los tres (el amor a la Verdad y a la Belleza los ha salvado) y cómo es la vida, o mejor la conciencia, en ese nuevo estado. Pues bien, la vida en el cielo es la confirmación de las teorías de un Idealismo de tipo kantiano enriquecido con notas de Schopenhauer y Hegel: cada mente o cada ser es un tiempo y un espacio particular, capaz de construir gracias a la Voluntad un Absoluto propio y diferenciado que es al mismo tiempo la única realidad existente (para esa conciencia, es decir, en absoluto). En este mundo la Ética no se rige por los mismos patrones que el mundo físico, y la idea de lo que está bien o mal (por ejemplo la malhadada infidelidad) está, digamos, fuera de lugar o se supedita a otras Ideas superiores, como la Belleza. De ahí que el poeta alcohólico y robaesposas esté tan campante en el cielo y adoctrinando al recién llegado. Para explicarle mejor su nuevo estado, acuerdan invocar nada menos que al propio Immanuel Kant, quien se aviene a detener un momento la contemplación del cielo estrellado para razonar con su alumno acerca del Espacio y el Tiempo. En el cielo, estas nociones son relativas al modo de Einstein, y para demostrárselo, Kant invita al Sr. Spaulding a una experiencia final, que constituye la tercera parte del relato. Se trata de llegar a captar el "tiempo tridimensional" (explicado sobre el modelo del espacio tridimensional, que es volumen), y cuando en efecto el Sr. Spaulding logra experimentarlo, vemos asomar a su conciencia todas las caras presentes y futuras del espaciotiempo que después hemos ido reconociendo en el Aleph borgiano, el nirvana budista, los viajes en el tiempo, los agujeros negros o el multiverso, en tres o cuatro deslumbrantes páginas escritas en 1923.





miércoles, 6 de julio de 2016

Cecil Taylor

La señora Vanderbilt, por otro lado, participaba de una famosa anécdota, que citaban casi todos los libros de  psicología escritos en los últimos años. En cierta ocasión había querido  amenizar  una  cena  con  música  de  violín.  Preguntó quién era el mejor violinista del mundo: ¿qué menos podía pagar, ella? Fritz Kreisler, le dijeron. Lo llamó por teléfono. No doy conciertos privados, dijo él: mis honorarios son demasiado  altos.  Eso  no  es  problema,  respondió  la  señora: ¿cuánto? Diez mil dólares. De acuerdo, lo espero esta noche. Pero hay un detalle más, señor Kreisler: usted cenará en la cocina con la servidumbre, y no deberá alternar con mis invitados.  En  ese  caso,  dijo  él,  mis  honorarios  son  otros. Ningún  problema;  ¿cuánto?  Dos  mil  dólares,  respondió  el violinista.

César Aira: "Cecil Taylor" (fragmento), en Juan Forn (ed.): Buenos Aires. Barcelona: Anagrama, 1999, págs. 141-142


lunes, 4 de julio de 2016

Biosofía

   Tal vez no sean los libros más complejos, ni los más influyentes en la Historia de la Filosofía; pero los textos autobiográficos de los filósofos, o con contenido biográfico, pueden llegar a atraernos más que sus obras mayores, tan ricas como intrincadas. Es lo natural, porque esos escritos con relato biográfico conectan con nuestra propia vida, en el plano concreto de la existencia. Disfrutamos más con el Discurso del Método que con las Meditaciones metafísicas, y el filósofo hará bien, como defendió Dilthey, en acostumbrarse a leer biografías y autobiografías (también las "no-filosóficas", como las de Alfieri o Cellini, advierte Dilthey), si es que está interesado (¿y quién no?) en aclararse qué es vivir. Esos textos y esos comentarios de los filósofos, inclinados sobre sus propias vivencias, trasladan la filosofía al campo literario, sin perder por ello rigor y alcance racional: el Platón de la Apología, los Memorabilia de Jenofonte o las cartas de Epicuro no son, desde luego, los textos más complejos de la filosofía griega; pero sí los más atractivos para quien tenga a Diógenes Laercio como historiador de referencia (y ya está permitido tenerlo).
   Si hubiera que hacer una selección de algunas de estas obras "biosóficas" para llevárnoslas a la habitación o para rellenar una pequeña balda en la biblioteca, no optaremos por Ser y Tiempo, aunque sea la existencia (en general) su tema de estudio, sino por el artículo más modesto sobre Hebbel o El camino de campo. Los Ensayos de Montaigne cumplirán como pocos con nuestras expectativas, sobre todo si pensamos en Experiencia. En este camino se juntan y entrelazan Bacon con Hazlitt, Lamb con Emerson o Thoreau; Lichtenberg con Hume y Schopenhauer. Los moralistas franceses fusionan anécdotas y aforismos en un golpe de reflexión basado en la vida cotidiana, y para empezar a leer a Nietzsche, nada mejor que Ecce Homo. En la era postmoderna, Stanley Cavell practica una filosofía de constantes referencias autobiográficas, junto al interés por las vidas de los otros tal y como comparecen en el cine y la literatura. El élan biográfico-filosófico incluye libros de apuntes, diarios filosóficos, ensayos biográficos o carnets, y nos lleva a reivindicar en un mismo y variado arco de lectura a Plutarco y Marco Aurelio, a San Agustín y Pascal, a Vico y Maine de Biran, a Kierkegaard y Valéry, así como una buena parte de la filosofía contemporánea, situada airosamente al margen del sistema ("sistema" a veces en sentido político, y a menudo en el sentido filosófico). Son obras que nacieron a la luz de las velas, y que irradian por ello una luz especial, un campo en el que se cruzan lo interpretado y el que interpreta, donde los filósofos son artistas (Nietzsche), y los escritores filósofos (Musil).